Lo que yo sé.

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Puedes leer cuestión de perspectiva (II)  aquí

Me mira con una paciencia que me saca de quicio. Si pudiera, le arrebataría el bolígrafo que gira entre sus dedos y se lo clavaría en el cuello. Es rosa, rosa como un chicle de fresa. ¿Será verdad que aún así podría respirar? Se cree superior. Lo veo en sus ojos. Tan amable, tan condescendiente. Pero este estúpido a mí no me engaña. Rosa como los lazos que mi madre me ponía en el pelo de pequeña. Es todo fachada. Debajo, sólo hay miedo. Lo huelo. Huele al sudor frío que resbala por su frente y se hiela en el puente de esas gafas de pasta negra. Si pudiera, saldría corriendo de la habitación. Correría hasta que el corazón le estallase en el pecho, alejándose de mí tanto como le fuera posible. Porque yo tampoco engaño a nadie, ¿verdad? Él huele a miedo y yo huelo a dolor. Un chicle rosa como los geranios que esa vecina chismosa regaba cada mañana en el balcón. Le viene bien que esté esposada a la mesa. Sólo por eso ha aceptado entrar en la sala. ¿Y ahora qué? Como todos, sólo quiere una cosa. Todos son iguales: periodistas, jueces, policías, médicos. La misma mierda con trajes distintos. Buscando una respuesta a mi comportamiento. Rosa como la bata de mi madre de limpiar en casas ajenas. Me imagino a las arpías de mis vecinas, respondiendo a un proyecto de periodista en la televisión: “Eran una pareja normal, nunca habían dado ningún problema en la comunidad. Ella era muy amable, siempre saludaba en el ascensor…”. ¡Si supieran lo que pensaba mientras les daba los buenos días! Aunque no durará mucho esa actitud. Pronto, alguna de ellas recordará un pequeño detalle que haya escapado a mi control, un gesto, una mirada, una expresión de asco al mirar el mango rosa de la fregona del portero. Mi tapadera se echará a perder. Detrás de ese pequeño desliz aparecerá otro, y otro más… siempre es así.

Mi abogado, sentado en un rincón con cara de aburrimiento, espera que este analista de mentes le dé una respuesta, un resquicio para mi defensa. Estaría bien, si fuera inocente. Pero no lo soy. Hice lo que hice porque no podía más. Era él o yo. Estaba tan harta, tan hastiada de ver su estúpida cara cada mañana, cada tarde, cada noche… siempre la misma expresión de oveja, mascando chicle a todas horas, rumiando. Chicles de fresa, siempre de color rosa. Mi abogado me dice que alegue malos tratos. ¡Como si le hubiera permitido en alguna ocasión levantarme la voz! Entonces no estaría en el hospital, sino en el cementerio. ¡Pobre! Él que creía que se llevaba a casa una mosquita muerta… Además, no tengo ninguna intención de mentir. Sólo quiero dejar de ver su cara de rumiante. Aquí no tengo que preocuparme por nada: sólo como y leo. Lo que siempre he querido hacer.

Otra vez. Preguntas absurdas, lanzadas una tras otra, en una sucesión imparable. Siempre las mismas, aunque formuladas por distintas bocas. Ese maldito chicle. ¿Qué quieren que les diga? Nunca me pegó, nunca me levantó la voz. Si lo pienso con detenimiento, él es lo mejor que me ha pasado nunca. Por fin fuera de esa casa en la que no había nadie para recibirme. Pero esos chicles… chicle por todas partes, paquetes sobre cada mesa, en cada armario. Bolitas de papel con goma rosa mascada en cada rincón. Otra pregunta más. Fui una estudiante modelo, la hija que toda madre querría tener. Fui todo lo que se podría esperar de mi y más. Siempre obedeciendo, siempre sobresaliente. Obligada a escuchar todo el día ese ruidito, ese entrechocar de dientes amortiguado por la goma. Lo primero que oía por la mañana, lo último por la noche.

Todo fue culpa del chicle.

Fotografía: Ccmackay (MorgueFile con licencia Creative Commons BY-2.0)