Lo que ella dijo de mí.

El problema es que ella era idiota. No, no me mire así. Sé lo que está pensando. Pero se equivoca. No es que quiera insultarla, es que realmente lo era. Le hicieron un test de inteligencia cuando era pequeña, ¿sabe? Siempre había sido una chiquilla rara, con dificultad para aprender hasta lo más básico. Creíamos que era despistada, pero no. Resulta que tenía un coeficiente algo inferior a la media. No tanto como para tener que llevarla a una escuela para niños especiales ni nada parecido, pero sí lo suficiente como para estar pendientes de ella a cada momento. Su madre no daba abasto. ¡Y con dos trabajos! Porque el impresentable de su marido se había marchado. ¿Se lo había dicho ya? Por favor, si me repito avíseme, que una ya está mayor y tiendo a decir lo mismo mil veces. Mis nietos ni me escuchan. Pues eso, que su marido la había dejado. Se fue con una que le miró con sonrisa aviesa en el café Boulevard. A veces esas cosas pasan. Mi Andrés, que en paz descanse, también me conquistó con una sonrisa de las suyas, de pícaro. Y claro, quedé prendada. Y no es que fuera guapo, ni alto, ni fuerte…ni falta que le hacía. Y el marido de Adela, la madre de la niña, porque le había dicho ya que se llamaba Adela, ¿verdad? Da igual. Pues el marido de Adela lo mismito que yo. Una sonrisa bastó para que dejara a su mujer y a su hija. Aunque en realidad, además de a su mujer y a su hija también dejó por el camino una hipoteca y las letras del coche. ¡Y para qué quería Adela un coche, si no sabía conducir! Ahora creo que vive en Marbella. Montó un bar de esos para la jet set rusa. Yo no sé qué significa eso, pero mi hija me ha dicho que es gente con dinero. De esos debe haber muchos en Marbella. ¡Pero qué cabeza tengo! Si ni siquiera le he ofrecido un café. ¿No quiere? Bueno, pues un té, o una cerveza, o un refresco, lo que sea. No quero que piense que soy una maleducada que no sabe atender a sus invitados, aunque estos se presenten sin invitación, que bien podría haberme llamado antes. Anda, anda, tome esta cervecita, que está recién sacada de la nevera y no se hable más. Ya puede perdonarme, pero no tengo nada para picar. Mis nietos, ya sabe, que cada vez que vienen arrasan con todo. Pobres, parece que su madre no les da de comer. Pero qué le vamos a hacer, están creciendo. Pues como le iba diciendo, Adela tuvo que ponerse a trabajar. Apenas había conseguido acabar sus estudios y todo lo que sabía hacer era pasar la fregona y cocinar. Así que empezó de asistenta en casa de una conocida. Y luego a otra casa, y luego a otra… No sé, ¿da qué pensar, verdad? Nunca aguantaba más de seis meses en la misma casa. Yo creo que era demasiado guapa y ya sabe que a los hombres se les va la mirada. No, no ponga cara de no haber roto un plato en su vida. No hay excepciones. Mi Andrés era igual. Y no piense que no me quería. Jamás dejó pasar un día sin recordármelo. Y nunca me fue infiel. Pero miraba. Sobre todo en los últimos años, porque las jóvenes cada día llevan la falda más corta. Me pongo mala cada vez que veo a mi nieta. Pero se lo perdono todo. A mi Andrés, quiero decir. ¡Pobre! Si al final, aparte de mirar, poco más podía hacer. Total, que yo creo que las mujeres se ponían celosas y por eso buscaban una excusa para echarla. No, no diga tonterías. Nunca la acusaron de robar nada. Era pobre pero honrada. Y trabajadora. Al cabo de un tiempo entró como camarera en una cafetería. Un sueldo fijo, no muy alto, pero suficiente para mantenerlas a las dos. Pero ya sabe cómo son los bares. Abren a las siete de la mañana y hasta las once de la noche, o más. Así que la niña estaba sola casi todo el día. Y ahora que lo digo, creo que será mejor que le hable de la niña, que llevamos aquí diez minutos y todavía no le he dicho nada sobre ella. Usted no tenga reparos en callarme, que se me va el santo al cielo. Además, no ha venido a oír hablar de Adela, sino de su hija Cristina. Aunque es cierto que es importante que sepa usted de dónde viene. Creció sola. Siempre que podía, Adela la dejaba en casa de alguna vecina, sobre todo cuando era más pequeña. Pero no le gustaba mucho deber favores a los demás, así que en cuanto la niña se hizo un poco más mayor, no sé, ocho o nueve años tal vez, la dejaba sola en casa. ¡Esa pobre criatura! Con quince años ya sabía cocinar, limpiar y hasta zurcir la ropa. No le quedó más remedio. Y no es que su madre no la quisiera. Al contrario, la adoraba con pasión. Intentó buscar otro trabajo, con otros horarios, pero sin estudios… ya sabe usted, no hay mucho de donde rascar. Y eso que su jefe la trataba bien, le daba algún que otro día libre… ¿Lo ve? Ya me estoy desviando otra vez. Y usted sigue sin decirme nada. El caso es que la niña creció sola. Era un poco huraña, lo normal. No tenía ninguna amiga que yo sepa. No salía los fines de semana, los pasaba con su madre. Por eso precisamente nos sorprendimos tanto cuando la vimos con él. ¡Qué pintas! Ruego a Dios que mi nieta nunca se busque un novio semejante. Para que me entienda, era un tipo de los que hacen que te cambies de acera. Mayor que ella, sí, aunque no sabría decirle cuánto. Cristina tendría entonces unos diecisiete años. Él, unos veintidós o veintitrés. Tal vez más. Todo el día con ese ciclomotor calle arriba y calle abajo. No, no haga caso a lo que le hayan dicho, no era una moto, era un ciclomotor. Lo distingo por el ruido, no se crea que sé de mecánica. Siembre iba vestido con vaqueros negros, rotos, desgastados. Y con camisetas de algodón raídas y dibujos de lo más tétricos. ¡Sí, claro! ¡La cazadora! Cómo podría olvidarme de la cazadora. No se la quitaba nunca. Si quiere saber mi opinión, apestaba. Sabías si había estado en el ascensor por el olor. Pero a Cristina parecía gustarle, aunque es difícil saber por qué. Sí, ya le he dicho que era un poco idiota pero tampoco tenía la cabeza tan mal amueblada. ¡Ah! Me acuerdo de un detalle muy raro. Ese chico tenía siempre un chicle en la boca. Siempre, se lo digo en serio. Creo que no le vi una sola vez que no estuviera mascando chicle. No sé, quizás tuviera mal aliento. A mi Andrés le recomendó el médico chupar caramelos de regaliz una época en que estuvo con problemas estomacales. En fin, que empezaron a ir juntos a todas partes. Él pasaba mucho tiempo en su casa mientras Adela estaba fuera. Dirá usted que soy una anticuada, pero a mí nunca me ha parecido bien. No apriete los labios, veo en el brillo de sus ojos: está a punto de echarse a reír. Está claro que yo soy de otra época y de otras costumbres. Mi Andrés no estuvo a solas conmigo hasta que nos fuimos de viaje de novios. Ni la noche de bodas la pasamos solos. Estuvimos en casa de mis suegros, ya ve usted, qué noche más animada. El chico se llamaba…vaya, no me acuerdo. ¿Lo sabe usted? ¿Sergio? Bueno, tal vez fuera Sergio, la verdad es que no estoy segura. Pues Sergio todo el día en la casa y Adela sin enterarse, claro. Es lo que pasa, que los más cercanos son los últimos en enterarse de todo. Y para cuando quiso darse cuenta, la chica ya se había ido a vivir con él. Menos mal que por lo menos acabó el colegio y que no fue tan tonta como para quedarse embarazada. Adolescentes con hijos ya tenemos demasiados, ¿no cree usted? Pero de ir a la universidad, nada de nada. Los padres de él le encontraron un trabajo como dependienta en una tienda de ropa. Él creo que estudiaba para mecánico, o electricista o algo de mantenimiento. No lo sé. Adela se quedó hecha polvo, claro, tantos años de esfuerzo para que la hija al final se le fuera con un inútil. Pero en cierto modo, yo creo que estaba aliviada, como si la responsabilidad fuera ahora de otro. Se la veía… no diré que más feliz, pero sí más tranquila. Hasta se permitía algún caprichito de vez en cuando: una tarde en el cine, un bolso nuevo, un perfume… ¿Que cómo era la vida de Cristina? Pues qué le voy a decir, normal, como la de todo el mundo. Trabajar, a casa y al día siguiente otra vez a trabajar. Alguna vez se la veía por ahí con alguna conocida, tomando un café. Ya le he dicho que amigas, amigas, pues no, no parecía tener. Y los domingos con el Sergio ese. Podría haber escogido una vida mucho peor. Por eso no nos lo esperábamos ninguno. Pero, ¿cómo? ¿Ya se va usted? Si claro, si tiene prisa… lo entiendo. Pensé que querría saber algo más, no sé si le habré sido de alguna utilidad. Apunte usted mi teléfono, y si necesita alguna otra cosa me llama. ¿Le gustan más las patatas fritas o las galletitas saladas? Sí hombre, sí. ¡Qué va a pensar usted de mí si viene otra vez y no le sirvo nada! Mi Andrés, que en paz descanse, se habría disgustado mucho.

[…]

¿De qué periódico me ha dicho que era?

Fotografía: Jeltovski (MorgueFile con licencia Creative Commons BY-2.0)