Grupo número uno: los musculados. Esos que nadie entiende para qué van al gimnasio, si lo que les falta por desarrollar no lo van a conseguir ahí. Son gente de horarios fijos y de asistencia frecuente en exceso rayando en lo obsesivo compulsivo. Llevan escrita con mala letra en un papel arrugado mil veces su tabla de ejercicios. Es un papel que está a punto de rajarse por las dobleces y que aún así no se plantean cambiar por una nueva copia. Es más, se ha llegado a ver algunos listados de marras envueltos en tiras de celofán para darles un poco más de rigidez y resistencia. La mayor parte de los miembros de este grupo son hombres, pero de vez en cuando se cuela alguna mujer, joven, menor de cuarenta años en todo caso, enfundada en unos pantalones cortos masculinos que a ellas les llegan por debajo de la rodilla. Todos ellos, hombres y mujeres, se dividen a su vez en dos grupos por lo demás muy obvios: los que llevan tatuajes y los que no. Los que no llevan son los menos, y los que sí los muestran sobre todo en las pantorrillas. Abundan calaveras, logotipos de fabricantes de motos de alta cilindrada, símbolos de temática militar y alguna florecilla despistada. Los integrantes de este grupo tienen una relación más personal con el monitor de la sala, aunque recurren a él más bien poco porque encuentran toda la información que necesitan en la red. En general sus conversaciones giran en torno a la juerga del último fin de semana y van acompañadas de sonoras carcajadas que provocan un alzamiento en las miradas del resto de usuarios.

Grupo número dos: Los que pretenden perder peso de no se sabe dónde. En este caso son mayoría las mujeres respecto a los hombres. Llevan mallas hiperajustadas a juego con camisetas que apenas cubren la zona pectoral. Toda su ropa ha salido de la última colección de la marca de lujo de turno, lo que implica que existen cambios sustanciales en las tendencias deportivas que el resto de usuarios desconocen por completo. Sus deportivas destacan por ser de colores llamativos, como el rosa fucsia o el amarillo-chaleco-de-seguridad. Están delgados. Muy delgados. Delgados rayando en la subalimentación. Delgados rayando en el insulto a los demás usuarios que no entienden por qué ni para qué están ahí. Asisten a clases de las llamadas aeróbicas: body combat, bike, sh’bam, zumba, kickboxing, body attack o cualquier otra combinación anglicisita de letras impronunciable que venga la la mente. Sudan. Un montón. Suele suceder porque no paran quietos un maldito segundo. SI por lo que sea se suspende la clase a la que iban a asistir, se suben a la cinta y corren durante al menos una hora, a ritmo de esprint ininterrumpido, hasta que se forma un charco a su alrededor. Después de tanto sudar se pasan por la zona de estiramientos sin excepción alguna y hacen al menos un centenar de abdominales perfectas, sin forzar de más ni ejercitar de menos ningún músculo. Dan un poco de asco. En los vestuarios disponen de un neceser que ocupa el setenta y cinco por ciento de su bolsa de deporte. Al consabido gel de ducha, que al resto le sirve para cuerpo, cabello y hasta para aclarar las chancletas, le suman hidratantes normales, hidrantes específicas de una o varias partes de cuerpo, cremas para el rostro, un set profesional de maquillaje, un par de aparatos de finalidad desconocida  para el cabello y alguna que otra cosa más. Salen del gimnasio como si en vez de hacer ejercicio se hubieran sometido a un tratamiento en el mejor spa del mundo. Ya se ha dicho que dan bastante asco.

Grupo número tres: el clan social. Los integrantes de este grupo se caracterizan porque su objetivo básico no es ponerse en forma, sino tener alguien con quien conversar. Cuando entran en la sala miran con enorme nerviosismo hacia todas partes hasta dar con alguien a quien conocen. Si no encuentran a nadie, se dirigen al monitor para preguntarle si ha visto a mengano o fulano y, en caso de respuesta negativa, si tiene conocimiento de su asistencia ese día. El monitor de la sala, que normalmente está estudiando sus apuntes para ver si consigue sacar adelante una carrera de una vez y abandonar este puesto de trabajo, suele hacer algún comentario vago y difuso, a fin de dejar de ser interrumpido. Si el individuo social es el que está en la sala haciendo algo parecido a pedalear en una bicicleta, suelta un chillido en cuanto ve llegar a uno de su especie. Es un chillido agudo, de niño de parvulario o de gato recién nacido. Es un ruido diseñado para perforar tímpanos. Una vez que se juntan dos miembros del clan social, su presencia se hace evidente para todo el mundo. Ocupan máquinas que no utilizan, parlotean sin cesar en un tono agresivamente alto y sus concentraciones versan sobre todo en torno a la mala situación del gimnasio, la calidad de sus monitores o el estado de limpieza de las duchas. Su nivel de asistencia al centro no es tan alto como el de los musculados, pero se le acerca bastante. Es imposible no captar algunos de sus comentarios de extrañeza sobre el poco peso que están perdiendo y lo cansado que es el camino de vuelta a casa. Si un miembro del clan social dirige la palabra a un no-miembro, éste debe limitarse a responder de forma amable pero seca y lo más monosilábica posible, o corre el riesgo de ser absorbido por el grupo.

Yo no voy de manera frecuente al gimnasio, ni siempre a las mismas horas. No tengo una tabla de ejercicios que seguir a rajatabla y no recuerdo mi última juerga digna de contarse. por supuesto. No estoy musculado. Tengo un tatuaje pero no es visible a menos que me desnude casi de forma integral. Grupo descartado.

Yo no sudo demasiado. No uso mallas y no distingo los tejidos deportivos. Mis zapatillas son de color oscuro, las más discretas que he sido capaz de encontrar. Tengo nula resistencia aeróbica y no corro en la cinta, como mucho ando a paso ligero. Mi neceser es minúsculo. Desde luego no estoy delgado. Grupo descartado.

No conozco el nombre de una sola persona de mi gimnasio. Ni siquiera de ningún monitor. Evito el contacto visual con la gente para no tener que saludar. Si me subo a una máquina es para utilizarla durante el tiempo estrictamente necesario y ni un segundo más. Salgo del centro agotada y el camino a casa es un paseo en comparación. He perdido peso, aunque no demasiado. Grupo descartado.

No, si yo intento integrarme en la vida del gimnasio. Pero es que no encajo y ya no sé qué más puedo hacer para no sentirme un marciano verde de orejas puntiagudas. La gente me mira raro porque me paso una hora subida a una bicicleta con un libro en las manos. Allá cada cual. Los raros son ellos.

Fotografía: W_Minshull (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)

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