Fijo mi objetivo. No puedo dejar que nada se interponga, que nada me distraiga. Los nervios se abren paso y me mantienen alerta. El sudor se filtra por mi piel, cae, deja un rastro fácil de seguir por los pliegues de mi ropa. Vela mis ojos, parecen cubiertos por cataratas. A mi lado, detrás de mí, les siento. Les oigo. Vociferan, rugen. Su objetivo es el mío. Será una lucha absurda, abocada al fracaso de unos o de otros, en realidad, de todos. En mi avance recibo un impacto en la cara. Siento el sabor metálico de la sangre en la comisura de mi boca. Miro a mi alrededor para saber de dónde viene el ataque. De pronto, tropiezo con uno de los caídos, uno de los que no consiguieron la victoria, uno más en esta guerra inútil. Caigo, no hay a qué agarrarme. Me adelantan por los flancos, pasan por encima de mí. El objetivo desaparece de mi vista. He perdido la batalla, y lágrimas de furia me inundan y se mezclan con el sudor. ¡Maldita sea! Si yo sólo quería una camiseta en oferta.

Este microrrelato se publicó por primera vez en 2012 en aquella primera versión de la web de la Asociación Literaria Espíritu de la alhóndiga. Puedes leerlo aquí, aunque te recomiendo que visites también la nueva web de la asociación.

Fotografía: Ron Cogswell (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)