Esta vez no lo voy a dejar pasar. ¿Quién se ha creído que es? ¿Un gran magnate de las finanzas salido del último número de la revista Forbes? ¿Un superdotado capaz de manejar con el meñique izaquierdo las cuentas de diez empresas a la vez? No, no es nada de eso, y estoy harta de que me pisotee, de que me mangonee, de que abuse de mí, de que se crea más que yo. Debe de pensar que soy su secretaria. O la chica de la limpieza. Tantas horas de estudiar para acabar archivando papelotes que nadie va a mirar…

Vengo cada día con la mejor de mis sonrisas, con esa ilusa esperanza: sí, hoy me encargará algo a mi altura, a la altura de mis conocimientos, de mis aptitudes… Pues no, otra vez a archivar papeles, a prepararle la agenda, a llamar a su mujer para decirle que llegará tarde: “Sí, otra vez, Sra. Gutiérrez. Entiéndalo usted, es un director con muchos compromisos ineludibles”. Y un idiota, y un inútil que no sabe subirse la cremallera de la bragueta cuando va al baño. Aunque eso no se lo digo, claro. ¿Qué ha visto esa mujer en él? Si ella parece simpática. A lo mejor sí que lo sabe pero espera que se muera de un infarto entre un chuletón y el próximo.

Por si su ninguneo me resultara poco molesto, ahora va y contrata a esa rubia pechugona que con la mitad de cerebro ya ha ido a dos reuniones con clientes importantes. Debe de ser que para conseguir cerrar negocios la única habilidad que se necesita es un par de prótesis bien puestas. Y yo de mientras aquí, desaprovechada y amargada.

¿Y ahora qué hago? Tampoco es que tenga que pagar una hipoteca, que ya me gustaría a mí haberme ido de casa de mi madre. Así que realmente no necesito trabajar aquí. Podría buscar otra cosa… o podría cantarle las cuarenta. Como en el anuncio de la tele, le agarro del cuello, le arrastro por la habitación y le cuelgo por la corbata de la barandilla del balcón. Le hago disculparse. No, mejor aún: hago que me suplique, que ruegue clemencia, que llore y le cuelguen los mocos como a un niño pequeño. Que pierda su dignidad, su porte de estúpido directivo. Que sufra.

Esta vez no hay vuelta atrás, iré a su despacho y le diré: “Señor Gutiérrez, ¿tiene usted un momento? Sólo quiero decirle que no vale para nada y que yo, al contrario de usted, valgo mucho y estoy harta de desperdiciar mi tiempo aquí. Me marcho ahora mismo y espero poder comprobar si es capaz siquiera de anotar una cita en una agenda sin ayuda, cosa que dudo. Si me permite ser sincera, creo que si no fuera por el escote de su querida rubia, hace tiempo que habría hundido la empresa.”

Eso es. Eso es lo que le tengo que decir. Y va a ser ahora…

­­—Disculpe, Sr. Gutiérrez. ¿Tiene usted un momento?

—Pues la verdad es que no, Silvia. Ahora mismo me voy con Anastasia, tenemos una cena con un cliente muy importante. Supongo que podrá esperar, ¿verdad?

—Bueno… ¡Claro! Por supuesto que sí, señor Gutiérrez.

—Bien, bien. Por cierto, ¿has dejado la agenda preparada para la visita mañana? Necesitaré las direcciones, contactos… y los resúmenes de los últimos acuerdos. Espero que no pase como la última vez.

—Por supuesto que no, señor Gutiérrez. Ya lo he preparado todo. Mañana a primera hora encontrará la agenda completa sobre su mesa.

—De acuerdo. Ya sabes que no me gustan los trabajos mal hechos. Me marcho. ¡Ah! Y llama a mi mujer, dile que hoy llegaré tarde.

—Por supuesto, señor Gutiérrez.

… vale, lo sabía. Soy una maldita cobarde.

Fotografía: Dulce Dahlia (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)