Estoy cansado y busco un rincón donde sentarme, lejos de las páginas de guías y catálogos que sisean avanzando a ritmo vertiginoso hasta encontrar LA obra. Encuentro un pequeño banco perdido entre dos columnas lejos de las salas de vista obligatoria. ¡Gracias a Dios!, susurro al ver que se trata de un banco de madera. No me gusta el gélido tacto del metal o la piedra en el otoño, a pesar de las nunca suficientes capas de ropa. Coloco mis manos en el borde del banco y firmemente apoyado sobre ellas, combo mi espalda en gesto arcaico y oigo cada una de mis vértebras crepitar como si el paso del tiempo se hubiera invertido y los años que me quedan fueran los ya pasados.

Es entonces cuando te veo.

Delante de mí, tu busto apoyado en una balda suspendida de la pared por anclajes invisibles me observa con mirada torva, ceñuda. Tus espejas cejas, con una ondulación aleatoria y poco trabajada, caen sobre tus ojos como los años cayeron sobre tu cuerpo y se llevaron todo, salvo la cabeza y un último vestigio de lo que fueron los hombros. La nariz ganchuda proyecta una sombra sobre el labio superior que se funde con la que perpetra éste sobre el inferior. Las cuencas de los ojos son un borrón, una oquedad mal definida, un descuido del escultor que no pudo o no quiso interpretar la mirada que retrataba. No puedo evitar girar la cabeza y buscar el punto en el que fijas tus ojos y me siento mal al darme cuenta de que  sólo ves una columna impertérrita a tu hosquedad. No tienes, como sería deseable, vistas al claustro del edificio Sabatini, sembrado el suelo hasta convertirse en una selva mediterránea de árboles y arbustos que dejan resbalar la lluvia bien sobre fuentes clásicas o adonis de facciones grecas, bien sobre bailarinas esculturas de alambre rematadas en pelotas coloridas. No, tu busto mira a una columna áspera de hormigón, sin adornos dóricos ni corintios ni de ninguna clase que introduzcan alguna curva acogedora que recoja la mirada. La columna está embebida en la pared interna del edificio y es fría y dura, con un aire funcional en el ambiente de lo artístico y sensorial. La columna se funde con el aspecto del edificio que es, en sí mismo, un contrasentido, una envolvente carente de sinergia con su contenido actual. Tu busto mira el hormigón in sécula seculórum.

Me doy cuenta de que ni siquiera tienes una tarjeta escrita en varios idiomas que nos cuente tu historia, la de tu escultor, o al menos me dé una pista sobre tu origen o tu nombre. Eres un misterio para mi. Paso los minutos intentando descifrar tu profesión a partir de la fisonomía de tu rostro. Llego a la conclusión de que has sido gobernador. No sé explicar por qué, pero no has debido ser un hombre honrado o digno de tu cargo, visto el lugar en el que descansas eternamente.

Tu busto me infunde tristeza, soledad y ganas de llorar mirando al cielo y fundiendo mis lágrimas con esta amarga lluvia que no cesa. Es hora de dejarte y retomar la visita.

Foto: Patricia Millán Licencia Creative Commons