Capítulo 1.- La chica del ascensor

Se me ha caído el bolso. Como nunca cierro la cremallera se ha desparramado todo lo que tenía por el suelo. Soy un reclamo andante de carteristas.

—¿Se encuentra usted bien?

—Sí, tranquilo, se me ha caído el bolso.

Cruzo los dedos para que no se haya roto nada. La mierda de luz de emergencia está fundida. ¿Es que nadie se encarga de revisar estas cosas? Me agacho en precario equilibrio sobre los tacones, aunque si lo pienso bien, es más fácil acuclillarse con tacones que sin ellos, dan una estabilidad que nunca lograré andando por el pasillo de la oficina. Al menos ya no me tiemblan los tobillos con cada paso que doy, ni trastabillo cada cien metros, para vergüenza mía y mofa de “Doña perfecta secretaria de dirección”.

—Es que he oído un ruido fuerte.

—Sí, ya se lo he dicho, se me ha caído el bolso. Llevaba un libro dentro, ¿sabe usted?, me gusta leer en el autobús.

—Señora, debía usted estar leyendo “El Quijote”, por cómo ha sonado.

No entiendo por qué le estoy dando explicaciones a este hombre al que no conozco. ¡A él qué le importa si leo en el autobús o si prefiero jugar con el móvil! Debería ser un poco más grosera, un poco más yo. Claro que entonces me arriesgo a que se vaya, y a ver quién se asegura de que el técnico de reparaciones me saque de aquí. Nada, nada, mejor tenerle contento.

Me irrita no tener nada que hacer. Cuando no haces nada, piensas mucho. Cuando piensas, se te ocurren genialidades que suelen acabar en desastre, al menos en mi caso. ¿Dónde estará el móvil? Si al menos pudiera encontrarlo, contaría con la luz de la pantalla, eso suponiendo que me quede batería. Tal vez debiera buscar también la batería de recambio. Estoy metida en un hueco de poco más de un metro cuadrado y parece que estoy enterrada en una cueva subterránea de kilómetros de ancho.

Tanteo con cuidado, y sólo puedo pensar en el ascensor de mi casa, donde el perro del quinto se mea cada dos por tres. Me obligo a tener las yemas de los dedos en contacto con la superficie de goma, y eso que la imagen del charco de orina ocupando el centro del espacio me da bastante asco. Ya no sé si sentarme o seguir de pie. Voy palpando centímetro a centímetro.

—Acaban de llamar los del servicio de mantenimiento. Están en un atasco, pero creen que llegarán en una media hora.

—Vale, gracias.

Tengo el móvil, pero no cobertura. Estoy gafada. En esta ciudad, todo se arregla a golpe de atasco. Es la excusa perfecta para todo. Mi hermana la usó hasta para el entierro de nuestra madre. Menos mal que vivía a diez minutos andando de la iglesia, si llega a vivir en otra ciudad, no le habríamos visto el pelo.

Ahora al menos puedo recoger lo que se me ha caído. ¡Anda, el reproductor de música! Llevo buscándolo dos semanas. No sé por qué, pero creía que estaba en el bolso azul de seda. Y no hay charcos de orina. Tampoco es que el suelo esté muy limpio. Pues sí, estoy casi sin batería, ¡qué raro! A escuchar un poco de música, y a relajarme, que creo que tengo para rato.

—Señora, ¿sigue usted bien?

Fotografía: Cori Doctorow (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)