Capítulo 7.- El colofón

—Javi, ¿ya sabes lo que pasa?

—…

—Javi, joder, que te lo he explicado mil veces, pulsa el botón que tiene el dibujito de un altavoz, que si no no se te oye.

—…Ostias! Vale, ¿me oyes ahora? ¡Señor, que deje de meter la cabeza en el cuadro eléctrico!

—Sí. ¿Qué pasa ahí arriba?

—¿Me van a sacar de aquí de una maldita vez o qué?

—A ver, esten todos tranquilos, que así no hay manera de trabajar. Javi, dile al señor ese que se vaya a comer las alubias o lo que sea de una puta vez. Y usted señorita, por mucho que me meta prisa no voy a correr más, así que ya sabe el dicho: “Vísteme despacio…”

Este tío es idiota. ¡Llevo aquí a oscuras dos horas! Menos mal que no tengo claustrofobia, y eso que podría tenerla tranquilamente, con la de veces que me he quedado encerrada en baños públicos. Que digo yo, ¿las cerraduras de esos baños están hechas a propósito para que la gente tenga ataques de ansiedad al intentar salir? Si es que no hay nada como la técnica de empujar la puerta con el pie. Claro que los hombres lo tendrán más complicado. O no, porque para mear no suelen usar el baño cerrado, ¿no? ¿Ves? Ya estoy desvariando, tengo que salir de aquí ya, sí o sí. A ver si proponiéndole algo…

—¿Y si intenta al menos desbloquear la puerta para que me cuele por ahí?

—¡Sí, claro! Y luego se pone en marcha cuando la estoy sacando, tenemos aquí una buena liada y las culpas para mi.

Esta gente es la ostia. Todos saben más que uno de su trabajo. Que si haz esto, que si lo otro… pues estoy empezando a pensar que casi que estaba mejor en Segovia, por lo menos estaría más tranquilo, en la ciudad no saben hacer más que tocar los cojones.

—O sea que lo que más le preocupa es quedarse sin trabajo y no que mis tripas se esparzan por todas partes…

—Señorita, no malinterprete que yo no he dicho eso. ¡Javi! ¿Lo tienes solucionado o no?

—A ver, dame un minuto, que creo que lo tengo. El cable del conector sur está roto, yo creo que lo han cortado a propósito.

—¡Pero qué dice hombre! ¿No ve que eso lo ha roído una rata o algún otro bichejo? No sé qué les enseñan en clase, pero ya veo que no demasiado.

—¡Señor, que no se meta y se vaya a su casa!

No saben nada de nada. ¡Qué panda de inútiles! Y a qué voy a irme ahora, que entonces no sacan a esa pobre chica del ascensor ni para mañana. Además, para aguantar a mi mujer y sus alubias quemadas… ¡si la culpa es de ella, que se va por ahí y me deja al cargo! ¿cuándo he cocinado yo nada, eh? ¿Cuándo?

—Joder Javi, pues cambia el cable y listo.

—¡Que sí, que ya lo sé! Dame un momento a ver… ¡listo! ¿Se ha encendido la luz ya?

—¡Mierda! Lo sabía, lo sabía, lo sabía.

¿Y ahora qué le pasa a ésta? ¿Es que sólo me tocan las locas?

—Señorita, ¿está bien? ¿Se ha encendido la luz?

—Sí, ya está. Y por supuesto, hay pis de perro y he estado encima sentada todo el rato. ¡Joder!

—Bueno, no se preocupe que eso es lo de menos.

¡Lo de menos dice! Claro, como él no tiene que competir con doña perfecta secretaria de dirección. ¿Y cómo subo yo ahora a la oficina con estas pintas? Ya está: voy a ser la mofa de la oficina hasta la próxima cena de empresa. Menos mal que mi jefe es un borracho y ahí se acaba mi infortunio. ¡Y todo el bolso desparramado por encima! Nada, lo mejor, entrar corriendo en la oficina y directa al baño, a ver si esto se aclara con agua o algo. Menos mal que el pantalón es oscuro, que si no…

—¿Puedo subir ya a mi oficina o qué?

—Hombre…

—Mujer.

—Sí, perdone mujer. Creo que sería mejor que pulsara el quinto y que salga aquí mismo. Así lo podemos revisar a fondo.

—¡Sí, claro! Llevo aquí metida dos horas y ahora quiere que, encima de estar calada de meado de perro, suba andando siete plantas para además entrar sudando en la oficina.

Si lleva dos horas en el ascensor, ¿qué coño le importará llegar diez minutos más tarde, digo yo? Que haga lo que le dé la gana. ¡Anda! Y este, ¿de dónde ha salido?

—¡Hombre! ¿Cómo usted por aquí? ¡No me diga que tenía la entrevista en este edificio!

—¡Váyase a la mierda!

Si ya lo sabía yo, ha sido un error presentarse a esta oferta. Todo eran señales: el GPS que no funciona, saltarme el semáforo, el golpe, el ascensor que no funciona, la persona que tiene que hacerme la entrevista que no llega… Tenía que haberme fiado de mi instinto. Pero no, tenía que hacer caso a mi madre y levantarme. ¿Ves? ¡Si hasta me había quedado dormido por la mañana! Una razón más a mi favor. ¿Y quién demonios se cree ese entrevistador que es? ¡Menudo gilipollas!

—¿Eso va por mi?

—No señorita. Es un señor que no le ha ido bien una entrevista de trabajo. Oiga, no se enfade que yo no tengo la culpa de que no le hayan cogido. No se preocupe, cuando una oportunidad se pierde aparece otra, hombre.

—No, si yo… tiene razón, lo siento. No quería gritarle. Es que hoy todo ha sido un desastre.

—¡Qué me va a mi a contar!

—¿Entrevista? ¿Qué entrevista? ¿No será usted Ricardo, por casualidad?

—Pues sí. ¿Quién es usted?

—¿Y se puede saber quién narices le ha entrevistado?

—Pues un tal Alberto.

—¡Será hijo de puta! Cuando suba me lo cargo.

Ya está. Este mierdas va a salir de la empresa pero ya. ¿No le había dicho que esperara a que yo llegara? ¡Cómo me iba a hacer caso! Él tiene que ser siempre el protagonista. Y ahora estará tomando un café con el jefe diciéndole cómo se ha tenido que ocupar de mi trabajo porque yo no termino de aparecer. ¿A que el muy cabrón ni siquiera le ha dicho que estoy en el ascensor atrapada? Se acuerda, de esta se acuerda. En cuanto suba a la oficina encargo veinte ramos de hortensias, que ya sé yo que es alérgico. Se va a pasar en la cama con mocos tres semanas.

—¿Perdone, cómo dice?

—Nada, no se preocupe. Se supone que tenía que entrevistarle yo, pero ya ve donde estoy metida. Lamento que no haya ido bien. Espero que podamos contar con su candidatura en otra ocasión, seguro que se adapta mejor al puesto.

Y a todo esto, ¿cuánto me va a costar ahora el aparcamiento? Y tengo que hablar con el seguro, a ver cómo me afecta a la póliza el golpe. Casi mejor que voy a casa y me echo una siesta, a ver si con suerte me quedo dormido hasta mañana.

—Bueno, puedo salir ya de aquí o qué?

—Javi, ¿estás seguro de que está todo bien?

—Sí, no veo ningún otro cable afectado. ¡Señor, le he dicho mil veces que no meta ahí la cabeza!

—Mejor me aseguro, que de ustedes no me fío ni un pelo.

—¡Oiga usted!

—Bueno señorita, mi compañero dice que está todo bien, así que si quiere, ya puede pulsar el piso.

—¿Está seguro?

—Sí

—¿Seguro, seguro?

—Le he dicho que sí.

Bueno, ya está, tranquila. Dos minutos más y habrá terminado la aventura de mierda esta. Parece que sube. Bien, todo va bien, no te preocupes.

—Señor, le he dicho que no toque. Señor, deje en paz ese cable. Señor, se lo estoy avisando. Por favor… ¡Me cagüen la leche!

Pero, ¿qué narices? ¿Y esto por qué se para?

—¿Se puede saber qué pasa?

—¡Javi! El ascensor se ha parado otra vez. ¿Se puede saber qué ha pasado?

—El viejo este, que ha arrancado un cable del siete. Y no tengo aquí ninguno para cambiarlo, así que tengo que bajar hasta la furgoneta.

—Bueno, yo mejor me voy que mi señora me estará esperando para comer. Ya veo que lo tienen todo controlado.

—Pero séra…

—¡A ver! ¿Arranca esto o no?

—Hemos tenido un pequeño fallo técnico señorita, no se preocupe. En un ratito está solucionado.

Mierda de día. Huelo a pis de perro.

Episodios anteriores:

  1. La chica del ascensor
  2. El jubilado
  3. El técnico de ascensores
  4. El candidato
  5. La conexión
  6. Las escaleras
Fotografía: jenny downing (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)