Capítulo 4.- El candidato

A ver, vamos, céntrate… Eso es, la mirada firme, al centro. Nada de desviarla hacia la izquierda, que eso es señal de que estás mintiendo. Y no estás mintiendo, sólo expones tu versión, que por otra parte, es la buena. Eso es, la mirada siempre directa, al frente, concentrado en las pupilas del interlocutor. Y de vez en cuando, miras con suavidad, como quien no quiere la cosa, hacia la derecha. Que no parezca premeditado. Así le dejas tiempo para pensar, y no se siente tan presionado por tu franqueza. Porque eso sí, ante todo, franqueza, y que sienta tu energía positiva, que fluya, que salga de ti.

—Ricardo, ¿qué estás haciendo?

—Nada, mamá, estoy terminando de arreglarme. En seguida salgo.

—Vas a llegar tarde hijo, y eso da muy mala impresión.

—Que no, no voy a llegar tarde, voy con tiempo de sobra, no te preocupes, si es aquí al lado. Termino de peinarme y listo.

—¿Y no sería mejor que cogieras el tren? Si total, te deja a una manzana. Y con el día que hace…

—Ni hablar, que con la suerte que tengo, seguro que hay huelga de ferroviarios, o una avería, o yo qué sé. Mejor voy en coche. Además, en el mismo edificio tienen un parking subterráneo, y me dijeron por teléfono que el vigilante de seguridad me dejaría aparcar ahí.

—¡Qué tonterías! Tu no tienes mala suerte. Ya verás cómo hoy es la definitiva. Pues nada hijo, tu lo que quieras. Tú verás.

Tú verás. La frase más lapidaria de mi madre. ¡Vaya una forma de darme ánimos! Vale, céntrate. Todo va bien. Estoy bien afeitado, bien peinado y huelo bien. El traje está recién traído del tinte y la camisa es nueva y está planchada. En la carpeta tengo el currículum, el expediente, los títulos, los certificados de cursos, las cartas de recomendación, una copia de mis últimas entradas en el blog, el certificado de acciones de voluntariado, hojas en blanco y una pluma para tomar notas. Seguro que el detalle de la pluma les encanta. Es elegante y denota seguridad en uno mismo. Nada de un vulgar bolígrafo de carcasa de plástico. Y el papel, con gramaje de 140. Y con ese relieve tan delicado. Y no como los papeles de ahora, con ese tacto de plástico, que no parecen ni papel. Si en el curso tenían razón, lo importante son los detalles. Los quinientos euros mejor invertidos de mi vida. Bueno, todo está bien. Vamos allá.

—Mamá, me voy.

—Ven aquí, que te de un beso.

—No, mamá, no, que me llenas de carmín, y ese perfume… no sé cómo puede gustarte.

—Ay, Ricardo, qué susceptible estás. Bueno, pues mucha suerte. Seguro que sale todo bien.

¿Lo tengo todo? …Lo tengo todo. Vale, vamos para allá. ¿Qué pasa? ¿Por qué no se enciende el GPS? Si lo tengo enchufado al mechero, no puede ser que esté sin cargar.

—¿Diga?

—¿Has usado mi coche?

—¿Qué? ¿Qué quieres Ricardo? Estoy trabajando.

—Te digo que si has usado mi coche.

—Pues no sé… a ver, déjame que piense. ¡Ah! ¡Pues sí! Lo cogí el sábado para acercarme un rato a la playa, para un día que sale un poco el sol…

—¿Y usaste el GPS?

—¿El qué? Sí, sí que lo usé. Es que quería ir a una playa que me recomendó Inés, una de esas “calas escondidas que no te puedes perder”, como dice ella. Que iba a estar desierta. Y había más gente que en el supermercado en hora punta. Un asco. Aparqué donde pude y encima, para bajar a la playa, había que ir por un caminito de esos que hay en algunas travesías, con piedras grandes colocadas a modo de escalera, para integrarla en el paisaje o yo qué sé… Total, que no comprendo cómo no me maté bajando por ahí con la tumbona. Y claro, bajar, pues se baja, pero luego hay que subir…

—Ana, no tengo tiempo. Tengo la entrevista de trabajo en una hora. ¿Le pasó algo al GPS?

—¿Era hoy? No me había acordado, hermanito. Te hubiera dado un beso de buena suerte y todo antes de salir de casa. Claro que todavía no te habías levantado. Eso no lo digas en la entrevista, ¿vale? Que te cuesta levantarte por las mañanas. Creerán que vas a llegar tarde todos los días. Seguro que mamá ha tenido que descorrer las cortinas, levantar la persiana y quitarte la sobrecama de encima. Como cuando eras pequeño, ¿te acuerdas? Si es que nunca has…

—Ana, ¡El GPS!

—¿Qué? ¡Ah! Pues nada, que llegué bien a la playa, pero a la vuelta, al encenderlo, me salió un mensaje, algo sobre la actualización de la suscripción, y no le dio la gana de ponerse en marcha. Y yo ahí en esa playa perdida de la mano de Dios. Menos mal que tengo buen sentido de la orientación, que si no aún estaría dando vueltas por la provincia, pero claro…

—¿Y no podías haberme avisado? Vamos a dejarlo que voy a llegar tarde.

—Oye, qué quieres, se me había olvidado completamente.

Se acabó, cuelgo y listo. No entiendo por qué es ella la que trabaja y yo el que está en el paro. Si está claro que es una irresponsable. No como yo. ¿Ves? Si hasta he impreso el camino a la oficina por si acaso pasaba algo. Nada, en quince minutos llego. Recuerda, lo más importante es dar la apariencia de estar tranquilo. No te echaron, te fuiste de tu anterior puesto de trabajo porque no cumplía tus expectativas de desarrollo personal, y porque tienes capacidad suficiente para afrontar retos más exigentes. ¡Ah! ¡Me he olvidado de cepillarme los dientes! ¿Cómo me ha podido pasar? Si me he duchado, me he afeitado… No puedo creerlo. Así no puedo ir a la entrevista, si me huele el aliento no van a cogerme. ¿Qué hago? Espera… creo que tengo un paquete de chicles en la guantera. Mastico uno y listo. A ver, ¿dónde está? Ana siempre igual. ¿No ha visto que hay una bolsa para guardar los cargadores y los cables? No claro, tiene que dejarlo todo en medio, tirado de cualquier forma, y los papeles del coche fuera de su funda y, ¿esto qué es? ¡Una bola de papel de aluminio! Le he dicho mil veces que no puede comer en el coche, que se llena todo de grasa y de migas. ¡Claro, como no lo ha comprado ella! ¿Qué pasa? ¿Quién pita? ¡No puede ser! ¿He golpeado el coche?

—¡Eh!, ¿por qué no miras por dónde vas, atontado? ¿Es que no has visto que tenías el semáforo en rojo?

Mejor me bajo del coche, este hombre está enfadadísimo. No lo entiendo, yo creo que tenía preferencia, pero no sé… Seguro que ya no llego a tiempo a la entrevista. Si es que hoy no me sale nada a derechas. La culpa es de Ana, como siempre.

—Yo…. Ya puede perdonarme, lo siento mucho. No me he fijado en el semáforo. ¿Está usted seguro de que estaba en rojo?

—¡Pues claro que sí! Si es que… seguro que estaba hablando por el móvil. Que no se puede andar así, hombre, que aquí tenemos que ganarnos la vida, y si me deja sin furgoneta, pues ya me dirá cómo voy a hacer mi trabajo.

—Sí, sí, si tiene usted razón. Estaba cogiendo un paquete de chicles de la guantera. Voy a una entrevista de trabajo, y llego tarde y seguro que ya no me cogen.

—Bueno, bueno, tampoco se ponga así, que sólo ha sido un toque. Arreglamos los papeles del seguro en un momento y así nos podemos ir cada uno por nuestro lado. Mire, ¿por qué no llama a donde quiera que fuera y yo aviso también de que llegamos tarde?

Los papeles del coche. Para pagar primas del seguro estoy yo. A ver… ¿Cómo se rellena esto? En orden, apartado por apartado, no vaya a ser que no quede perfecto. Matrícula, modelo del coche, número del carné de conducir… ¿qué pongo en causas del accidente? No sé, yo creo que tenía vía libre, pero la verdad es que estaba con lo de los chicles… y ahora llego tarde, seguro.

—A ver, déjeme eso, que se lo relleno yo en un momentito, y no se preocupe por Manolo, que se levanta siempre con el pie izquierdo. Es un gruñón, pero al final nada, se lo digo yo.

—No, si yo… puedo rellenarlo yo, no se preocupe.

—¡Que no, hombre! Si tenemos golpecitos de estos cada dos por tres. Déjeme, que le quito importancia y acabamos antes. ¿No ha dicho que llegaba tarde a una entrevista? Pues llame, hombre, llame, que no estamos para tirar trabajos a la basura por tonterías de estas. Seguro que estaba nervioso y por eso no se ha dado cuenta del semáforo.

—Yo… bueno, sí, mejor lo rellena usted y voy llamando.

¿Dónde he puesto el número de teléfono? Creo que he impreso el correo de confirmación de la entrevista. Entre tanto papel no hay quien lo encuentre. Tanto currículo y tanto título, y cuando necesitas algo de verdad, no aparece. Vale, Ricardo, no te pongas nervioso. Cierra los ojos, respira hondo y cuenta hasta cinco. 1, 2, 3, 4 y 5. Ya está. Ahora vas a pasar las hojas de la carpeta una a una hasta que aparezca el dichoso correo. ¡Aquí está! Ahora tranquilo, seguro que lo entienden.

—Sí, ¿dígame?

—Buenos días, Querría hablar con Laura Alonso.

—Pues Laura aún no ha venido a la oficina. ¿Sobre qué quería hablar con ella?

—Pues verá. Me llamo Ricardo Lucerna. Había concertado una entrevista con ella a las diez, pero he tenido un pequeño percance en el camino, y llegaré un poco tarde. Sólo quería avisarla y saber si podemos mantener la cita o, en todo caso, cambiarla a otro día que le sea propicio. Desde luego, querría disculparme en persona, si es posible.

—No se preocupe, ya le aviso. Debería llegar enseguida. ¿Le ha sucedido algo grave? Si eso, no es necesario que venga, Laura le llamará.

—No, no, no se preocupe. He tenido un pequeño accidente de tráfico, pero nada serio, un golpecito. Al parecer me he saltado un semáforo en rojo. Los nervios, ¿sabe?

Pero, ¿qué estoy diciendo? Ricardo, ¿estás tonto o qué? Se va a pensar que eres un loco al volante.

—Bueno, pues nada, me encargo de avisar a Laura cuando llegue.

—Muchísimas gracias.

Eres un bocazas, Ricardo. Ya está, ya la has liado. Mira que te lo dijeron en el curso una y otra vez: no dejes que un imprevisto te descontrole. Haz frente a las situaciones con calma, pensando las cosas antes de decir nada. Y tu no, tú lo primero que haces es decirle a tu entrevistador que eres un kamikaze sin control. Tanto dinero y tanta charla, y al final la lías por un estúpido semáforo.

—¡Bueno hombre, qué tal vamos! ¿Ya está más tranquilo?

—Sí, sí. De verdad, que no saben cuánto lo siento. No les habré buscado un problema con su jefe, ¿no? Si es necesario, le llamo y hablo con él personalmente, exculpándoles de toda culpa. De verdad, que no sé en qué estaba pensando. Tendría que haber puesto más atención. Lo siento muchísimo, no sé qué decirles.

—Bueno, hombre, bueno. Tampoco se lo tome así. Estamos todos bien y de los desperfectos ya se encargarán los seguros. ¿Ha llamado por lo de la entrevista?

—Sí, sí, ya lo he aclarado todo. Me han confirmado que mi entrevistadora aún no ha llegado, y que le avisarán de que llego tarde. Pero la mala impresión que voy a dar… No sé yo… Será mejor que me vaya ya, cuanto antes llegue, mejor.

—Sí, hombre. Ya está todo aclarado, ¿verdad Javi?

—Sí, sí. Aquí tiene el impreso de accidente. Se lo entrega a su aseguradora, y entre ellos ya se arreglarán, que para eso les pagamos.

—Sí, gracias. Pues nada, me voy ya, y discúlpenme otra vez.

—Nada, que le vaya bien la entrevista.

Vale, Ricardo. Ahora concéntrate en llegar sano y salvo hasta la entrevista. Aquí está el vigilante de seguridad

—¿Qué desea?

—Buenos días, venía a una entrevista en RTT, me dijeron que podría dejar el coche en el aparcamiento.

—Déjeme su carné de identidad, por favor.

—Aquí tiene

—Vale, todo correcto. Tiene que aparcar en la zona delimitada con una raya azul, es la zona de visitantes.

—Muchas gracias. ¿Podría decirme en qué planta está la oficina?

—En la doce. Y tómeselo con calma, que el ascensor está averiado. Los técnicos han llegado hace unos minutos, pero supongo que tardarán un rato en arreglarlo. Puede subir por las escaleras de servicio, al fondo a la derecha.

¿Planta doce? ¿Y para eso me he duchado yo?

Episodios anteriores:

  1. La chica del ascensor
  2. El jubilado
  3. El técnico de ascensores
Fotografía: David Walliman (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)