Las esperas sin un objetivo concreto me resultan tediosas, insoportables, insostenibles, así que opté por lo que hacemos todos en mis circunstancias: rebuscar con disimulo entre las estanterías y los armarios de Laura que ocupaban cada centímetro de aquella minúscula habitación atestada de basura y tesoros. Dentro del armario de contrachapado negro, cuya puerta no ajustaba y que tenía toda la pinta de que no lo había montado un profesional, se apilaban en caóticas torres cintas de vídeo, discos compactos de música, libros, figuras horteras de porcelana del todo a cien y mil y un recuerdos. Cogí la primera película que no ponía en riesgo la integridad de la pila.

Laura me encandilaba por sus gustos imprevisibles. Para ella nada era descartable. Aceptaba con el mismo entusiasmo asistir a un espectáculo vanguardista de danza escénica que a un concierto del último cantante salido de una mesa de mezclas. Todo era arte y cultura. Y eso tenía consecuencias imprevisibles, como la enorme variedad de amistades que acumulaba, todas ellas invariablemente mal avenidas entre si. Nunca supe descifrar de dónde surgía esa diversidad, pero Laura era así desde que la conocí, y esas alturas la falta de coherencia que mostraba me resultaba de un atractivo muy exótico.

Los minutos se sucedían, pero no terminaba de salir del baño, ese espacio que muchas mujeres consideran su santuario de renovación o su pista de camuflaje. No sé qué necesidad veía en ello: tenía esa belleza innata que iba más allá del físico y asemejaba un halo invisible que la rodeaba; su tez era aterciopelada y del color de la canela, como cubierta por polvos de arroz. La veías recién levantada y parecía que estaba ya maquillada, mientras que el resto asemejábamos una horda de cuerpos podridos.

La película que sostenía entre mis manos era una cinta indie americana de los noventa, en blanco y negro, retro, pretendidamente moderna sin llegar a salir de la vulgaridad. Al ver la imagen de la carátula una intuición vino a mi cabeza, pero no conseguí materializarla en un pensamiento coherente. Seguro de que Laura se entretendría al menos media hora más entregada a su rutina previa a una noche loca, puse en marcha el reproductor.

En cuanto comenzó la película la sonrisa surgió de forma natural, mis oídos estaban atentos a esos diálogos ácidos, rozando lo borde, vivos en el marco gris de un estanco de barrio. Recordé que ya había visto con anterioridad a ese triste dependiente de un tugurio de barrio donde se vende de todo, y a su panda de amigos sin salida, abocados a una existencia sombría, pero firmes en sus creencias.

Llegué entonces al momento que había despertado una chispa en mis neuronas y me acordé de aquel titular del periódico. La situación tenía cierta semejanza con la película, donde un mendigo muere de un infarto en el retrete de la tienda, y la novia del protagonista le hace una felación al cadáver en el apestoso y oscuro cubículo creyendo complacer a su pareja.

Por fin Laura se decidió a salir del baño. Para ese momento, yo ya no llevaba puestos ni los zapatos ni  la chaqueta, me había envuelto hasta el cuello en una manta de lana a cuadros al punto que no había contacto alguno con el aire, y en la atestada auxiliar a mi derecha reposaban un vaso de leche y unas galletas que había encontrado por ahí.

—¿No vamos a salir verdad?

—Yo diría que no.

—¿Y se puede saber para qué llevo encerrada en el baño cuarenta minutos?

—Eso me llevo yo preguntando todo ese tiempo, no sé qué falta te hacía. Anda, llama al restaurante chino de la esquina, me muero por comer alguna cosa grasienta. Por cierto, ¿Sabes que el jueves encontraron un cadáver en el retrete de un estanco? Lo leí en el periódico.

—¿Desde cuándo los estancos tienen retretes?

Fotografía: DirtyBoxFace (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)