¡Mi pobre hermana Anabel! Con el marido todo el día ocupado atendiendo a la arpía de su amante. No es que Anabel no sea guapa, estilosa y atractiva, que lo es. Pero ya sabes cómo funciona esto, si no tienes una amante como todo buen empresario de cierto nivel, no hay forma de ascender. Y el sueño de Anabel y su marido siempre había sido comprar un chalé en una de esas urbanizaciones de pijos impulsados a parecer muertos de hambre por un mal llamado médico que en realidad ejerce más de curandero que de cualquier otra cosa. Donde esté un buen bocadillo de calamares…

El hijo solo aparecía por casa para echar la borrachera de la noche anterior. Eso sí, con su jersey de pico amarillo pastel sobre los hombros. Que vomitaba, pero con clase. Supongo que eso es lo que le enseñaban en la universidad, porque yo no le veo muy inteligente en ningún otro aspecto.

Mi hermana Anabel pasaba los días aburrida, como es natural. De yoga a taichí y de la presentación de la nueva colección de Valentino a la ópera. La ópera no le gustaba nada, pero es otra cosa que hay que hacer para conseguir el chalé. Ya podía estar bañada en oro la casita, ya, teniendo en cuenta los sacrificios absurdos que estaban haciendo.

Anabel un día se cansó y dijo que quería hacer algo. El marido le respondió que ya hacía cosas, que no paraba y casi ni se veían. Creo que a él a veces se le olvidaba la pelandusca y pensaba que sí dormía en casa. Y ella contestaba que no, que sus actividades no tenían sentido ni propósito.

Sin pensárselo dos veces abandonó esos saraos de alto copetín y le dio por salvar al mosquito tropical de Zimbabue, que debe de ser una especie en peligro de extinción. Vamos, a mí me da lo mismo, porque seguro que es un bicho de mierda chupasangre como el resto. Se aburrió y se puso a organizar galas benéficas para preservar los lodos volcánicos en los Balcanes. Ahí queda eso. Y así siguió durante años: un día estaba a favor de las tribus aisladas y al siguiente en contra de la irrupción en los hábitats despoblados. Que digo yo que ambas cosas son incompatibles: si no puedes meterte en medio de la selva del Amazonas para llevar ordenadores, ¿cómo vas a culturizar a quien quiera que sea tan atontado como para vivir ahí? Pero Anabel seguía ahí, con tesón de rica orgullosamente venida a menos. Y cada dos días nos recriminaba que no hiciésemos causa o lo que es lo mismo, que no donásemos dinero: a favor del desarrollo automovilístico y en contra del uso de vehículos privados en las carreteras públicas. Otra estupidez. ¡Anda que no habré perdido dinero en tonterías! Pero al menos así se callaba un poco. En el fondo nos daba pena a todos, porque el hijo ni se sostenía en pie de lo borracho que iba de un lado a otro y el marido pasaba más tiempo de compras con la lánguida que con ella. Y con algo hay que distraerse.

El problema es que en la empresa de él ya no le veían como una buena opción para los ascensos teniendo esa mujer tan comprometida que si un día criticaba el mercado energético les hundía el chiringuito. Así que, para ahorrarse problemas, le despidieron. Y como hacer, hacer, no sabe hacer nada, lleva el último año en paro. Pero ella ni se ha enterado. Cuando se mudaron conmigo, sólo dijo que le parecía muy bien y que había que predicar con el ejemplo en contra del consumismo incontrolado. Claro que le paré los pies cuando empezó a fabricar jabón comprando grasa de cerdo en la charcutería del barrio.

Últimamente le ha dado por los comedores comunitarios. Ahora prefiere el contacto con gente de verdad. Yo debo de ser de cartón piedra. Así sale de casa un poco y me deja en paz, pero no sé qué pensará cuando vea a su marido y a su hijo esperando con un plato de plástico en las manos.

Ayer, 5 de diciembre, fue el Día internacional de los Voluntarios que se celebra desde que fue decretado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 40/212 el 17 de diciembre de 1985. Es una celebración que reconoce la labor de todas aquellas personas que contribuyen de forma voluntaria y altruista en la mejora de su entorno. 

Si dispones de al menos una hora a la semana, busca alguna causa que te interese, no importa cual, y dedícale ese tiempo. Te aseguro que la satisfacción es mucho mayor que cualquier sacrificio que hagas a cambio. Mi causa es esta: 

Felinos Bilbao

Foto: Frontierofficial (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)