Claudet dejó que la corriente del río jugase con sus pies, intentando arrastrarle bajo la superficie. De vez en cuando algún pececillo despistado le mordía la punta de los dedos que él agitaba a modo de señuelo. Estaba, como tantas otras veces, sentado en la piedra plana suspendida sobre el agua cual trampolín. La corriente había desgastado la base hasta hacerla cóncava. Claudet sabía que en la próxima crecida, o tal vez en la siguiente, la piedra acabaría por fisurarse en su tramo más estrecho y perdería para siempre ese lugar. Pensar en ello le entristecía. Había otros dos o tres rincones en la orilla donde le gustaba descansar, pero ninguno oculto a las miradas de los que atajaban por el río para llegar a la aldea.

Sentado y apoyado sobre las palmas de las manos, miraba hacia el cielo absorbiendo los rayos del sol, como necesitando regular su temperatura. Cerca de él, sobre la corteza seca de un árbol caído, una lagartija hacía lo propio y le miraba con desconfianza y sorpresa. El sol hacía notar su influencia con obstinación. Había mucha humedad en el ambiente. Sobre las colinas se intuía una bruma que acabaría convirtiéndose en nubes de tormenta. Le encantaban los días de bochorno. Era muy raro disfrutar de ellos entrado el otoño. Se identificaba con la calina, semejante a una bomba a punto de reventar, a una olla a presión y, sin embargo, algo mucho más poderoso. Permanecía inmóvil durante horas mirando al cielo, esperando anticiparse a los demás y recibir la primera gota, la que precedía a esos cientos que caían de repente, como en una contrarreloj por ver cuál mojaba antes la superficie de la tierra. Claudet quería ser esa gota, pero en vez de caer de una nube cargada por el peso de la humedad, su bochorno era ira y odio, y quería que explotara cual tormenta, dejándolo salir de su interior en forma de grito iracundo, desgarrador, que sonara desde su habitación hasta el campanario de la iglesia en lo alto de la colina. Quería que todos pudieran sentir el vapor del enfado traspasando su garganta. En su lugar, exhalaba ridículos gemidos a través de sus cuerdas vocales cada vez que recibía una bofetada en casa.

Nunca había sido una bofetada física. Desde entrada la pubertad había superado en peso y altura a su padre. Los ancianos del pueblo le decían que se parecía a su bisabuelo, pero Claudet no podía saberlo porque solo tenía de él una fotografía de bordes desgastados que en algún momento había sido en blanco y negro, y que ahora amarilleaba por los años y el polvo. El hombre, más surco que rostro, miraba inquieto hacia el frente, estático y con la mandíbula rígida. Era de las primeras fotos que se sacaban en la aldea y aún había bastante recelo sobre si, además de reflejar la imagen como un espejo, también se quedaría con parte de la esencia, de la personalidad, del alma. La abuela Emile le dijo que había sido un hombre firme, sin miedo a nada, y que cada vez que levantaba la voz, ésta se filtraba por las oquedades de las piedras calizas que daban su aspecto espectral a las formaciones que rodeaban el pueblo. Entonces  la voz retumbaba y  multiplicaba su volumen por cien, por mil, por un millón, y los foráneos creían que algún gigante se había levantado de su descanso bajo las montañas. Claudet había experimentado una vez miedo al oír un felino salvaje, un lince, un puma o tal vez un león escapado de un circo ambulante, cansado de comer siempre filetes duros y fibrosos, y anhelante por sentir la caliente sangre. Su temor se tornó en decepción al ver a un gato montés, ni siquiera un espécimen adulto, salir de una cueva tallada a su medida, mirarle con desconfianza y desaparecer en apenas unos segundos, dejando tras de sí la incertidumbre de si realmente lo había visto, o tan sólo lo había soñado influido por las historias que leían en clase.

Claudet siempre había sido fuerte, pero no estaba preparado para los insultos, ni los desprecios, ni los silencios. No tenía edad para prepararse  la comida durante días a la espera de que su padre decidiese regresar de no sabía dónde. Lo único que parecía haber heredado de él era su incapacidad para pedir ayuda, para dejarse llevar por los abrazos de las ancianas que gustosas le hubieran dado un cazo o dos, o incluso una cazuela entera rebosante de un guiso sabroso, cocinado a la manera de su tierra, con la grasa del tocino formando minúsculas balsas aceitosas sobre el caldo, uniéndose hasta crear una película que al enfriarse se volvería costra y engañaría el manjar con un aspecto horrible. Los jugos gástricos de Claudet se rebelaban cuando recordaba los sabores, texturas y olores, y a falta de un alimento sobre el que actuar, se cebaban con el recubrimiento de su estómago. Aún no lo sabía, pero no faltaba mucho para que la primera úlcera diera signos de su existencia, haciendo su dolor un poco más físico.

Claudet miró de nuevo hacia el sol, y su posición le avisó de que iba siendo hora de volver a casa. Tardaría al menos un par de horas en llegar y quería pasar antes por la finca de Sartre para robar algunas manzanas. Si estaban maduras probablemente pudiera coger las suficientes para preparar una tarta al día siguiente.

Nadie le había preguntado aún por su padre. Como él, todos estaban acostumbrados a no verle, y se intuía que lo preferían así. No era un hombre de trato agradable. Cada vez que se ausentaba, todos se interesaban por él, pero era evidente que lo hacían por educación. También era una excusa para preguntarle si estaba bien, si necesitaba algo. Las mujeres pasaban por delante de su casa dos y tres veces cada mañana, forzando un encuentro casual en el que ofrecerle alguna chuchería para comer o alguna camisa desgastada. “Es de mi hijo, se le ha quedado pequeña y he pensado que a ti tal vez te estaría bien. Me da pena tirarla“. Claudet agradecía todo con una inclinación de cabeza y trataba de esbozar el amago de sonrisa que ensayaba cada mañana frente al espejo. Que no supiera pedir ayuda no significaba que no la aceptase cuando esta llegaba.

No se cruzó con nadie durante el camino de vuelta a casa. En esta época las mujeres se afanaban en embotar conservas: pimientos, manzanas, remolachas… Él también había empezado el día anterior a asar los pimientos en el horno de leña. Su abuela le había explicado muchas veces cómo hacerlo. Fue una mujer previsora. Mientras dejaba que su palma rozase de modo compulsivo cada uno de los troncos de árboles con que se cruzaba, iba haciendo la cuenta de la comida que le quedaría al final del invierno. Su padre no había prestado suficiente atención a las cosechas y el calor del verano había diezmado buena parte de ellas. Aun así, creía que podría pasar sin necesidad de matar el cerdo al que alimentaba con hierba seca cada mañana.

Al llegar a la verja que delimitaba el pequeño jardín de su casona, vio a Otto arañando la tierra ahí donde la había removido él dos noches antes. Sin pensarlo, movido por el impulso que arrastra a un adolescente que casi es hombre, cogió una piedra del suelo y se la lanzó, alcanzándole en pleno lomo. El perro gimió con fuerza una sola vez, y luego otra, y otra más, hasta transformar los gemidos en un llanto continuo, y fue a esconderse en su caseta. Claudet se sintió mal consigo mismo. Entró corriendo al jardín y fue a buscarle, poniéndose de rodillas ante el hueco de la entrada. Le acarició el lomo con cuidado y le pidió perdón. Le aseguró que al día siguiente mataría una gallina, la cocinaría, y que Otto recibiría su ración. El animal pareció entenderle y salió de la caseta, metiendo su morro entre las manos de Claudet y sacudiendo el rabo con energía.

Claudet se puso en pie, se sacudió el polvo y la tierra de las rodillas, y antes de entrar en la casa, echó un vistazo al montón de tierra. Nada había quedado a la vista. La próxima primavera las lechugas y los tomates asomarían con brío. “Al menos servirá como abono”.

Fotografía: Ray Bodden (flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)