Me acuerdo de la muñeca que dormía conmigo. No fue, con toda probabilidad, mi primera muñeca. Llevaba un vestido de algodón rosa palo plagado de florecillas blancas, el pelo recogido en dos coletas y la textura de su piel era gomosa. A medida que pasó el tiempo quedaron impresas en ella las marcas de mis dientes. Mascaba su piel de plástico mientras dormía. El ruido de las dentelladas, delator, acabó por denunciarme ante mi familia. Decidieron que no era el mejor juguete para mí.

 

Me acuerdo de un conejo blanco y gordo, de pelaje suave y brillante, con el que jugué durante horas un domingo en el jardín de mis tíos en el pueblo. Corría tras él, riendo con la ilusión del niño que cree haber encontrado por fin una mascota digna, algo con más presencia que un burdo pez naranja. Aquel domingo no cené.

 

Me acuerdo de que, a una semana de mi comunión, decidí profundizar en mi amor por la aventura y la velocidad. Me puse al manillar de una bicicleta que descendía más rápido que nunca por una carretera de provincias. Cantos rodados. En todas las fotografías de la ceremonia mi brazo de estuco hacía juego con el tul de un vaporoso vestido blanco.

 

Me acuerdo de que en la madrugada de los domingos, emitían en la radio un programa en el que teatralizaban relatos. Para escucharlo sin ser regañada, escondía el altavoz del equipo musical bajo las sábanas, pegado a mi oreja, con el volumen al mínimo. Fue tal vez mi primer contacto serio con la literatura. Mi abuela debía de tener el oído más sensible del mundo.

 

Me acuerdo de mi primer beso. La torpeza, los nervios, los temblores. El sentimiento de culpa. La saliva. Las babas. Hubo muchas babas que hoy recorren otros caminos más allá de la comisura de los labios.

 

Me acuerdo de un enfado monumental durante una reunión familiar. No sé cuál fue el motivo. Para hacer evidente mi disgusto, para molestar, para rebelarme, para joder, aparté una silla en el momento en que mi tía se sentaba. La bofetada alcanzó las mismas cotas que el enfado.

 

Me acuerdo de aquellos estuches rígidos con cubiertas de plástico brillante, que escondían en diferentes niveles rotuladores, pinturas, reglas, lápices, bolígrafos… Eran resultones, pero poco o nada prácticos. Recibía uno en cada cumpleaños y en cada navidad. Los acumulé durante años. Siempre me hacían ilusión. Siempre quedaban relegados a un cajón oscuro.

 

Me acuerdo de que mi primer sueldo se evaporó y en su lugar apareció un reloj de marca: esfera cuadrada negra, pulsera de acero inoxidable, sin números. Uno en los que la hora sigue siendo un misterio tras diez segundos observando con atención el movimiento de las manillas. Sigo gastándome las pagas extraordinarias en caprichos prescindibles.

 

Me acuerdo los paseos con mi abuelo cuando me recogía a la salida del colegio. Me llevaba de forma invariable a un bar afiliado, cuando él nunca había tenido afiliación alguna. En ese bar solo había tres pinchos ente los que elegir: tortilla sobre una rebanada de pan, chorizo cocido sobre una rebanada de pan y morcilla hervida sobre una rebanada de pan. El de morcilla era mi favorito. Pero lo que más me gustaba era estar con él.

 

Me acuerdo de haber sido la típica mocosa sabelotodo, repelente y con gafas. Aún llevo gafas. Me preocupa un poco.

 

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Fotografía: Stewart Black (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)