Yo no miento nunca. Casi nunca. En contadas ocasiones. Solo cuando es imprescindible. Si eso fuera cierto, no estaría donde estoy ahora. Lo admito: soy una mentirosa compulsiva. Es lamentable que la vida ofrezca un sinfín de situaciones en las que desvirtuar la realidad es necesario. Cuando mi madre intentó darme la consabida charla sobre sexo, le dije que ya me habían explicado todo lo que precisaba saber en el instituto. Cuando lo intentó mi tutora le dije que tenía una madre muy moderna con la que podía hablar de todo. Y cuando me vi en ropa interior en la maloliente habitación 357 del campus de Belfast con un universitario….

Bueno, para entonces ya no quedaba tiempo de explicar nada. Pero esa es otra historia que no viene al caso. Aunque habrá quien encuentre cierta irónica similitud.

Mi familia hace mucho que sabe que tengo una compulsiva inclinación a no decir la verdad. Mi jefe creo que empieza a sospecharlo. En lo referente al trabajo no es que mintiese, es que me hacía muchísima ilusión ser ingeniero aeronáutico, pero la carrera universitaria me daba pereza. Tampoco es que me haya ido mal. Soy muy buena aparentando trabajar delante de la pantalla del ordenador. He firmado quince artículos en el último año, alguno de ellos en revistas de renombre. Tampoco forma parte de esta historia explicar cómo lo he conseguido. Es cuestión de aprovechar las oportunidades que se presentan. Por el prestigio que le he dado, a mi jefe no debería suponerle un problema que fuera ingeniero, barrendero o licenciado en biblioteconomía.

Creo que la frase que mejor me describe es la que decía el protagonista de una serie de televisión: “Yo no miento. Participo voluntariamente en un programa de desinformación”. Que es una forma estupenda de decir que en ocasiones las mentiras tienen cierta utilidad. Éste no es el caso.

Mi madre cree que vivo en Italia donde trabajo como administrativa de una empresa de gestión de fondos económicos. Mi padre está seguro de que estudio Arte dramático en Argentina, donde fui siguiendo a un chico del que me había enamorado perdidamente. A mi novio le he dicho que hoy pasaré la noche en casa de mi amiga Ana porque he perdido el tren de vuelta del trabajo. No tengo ninguna amiga que se llame Ana. Mi jefe me ha firmado un permiso para ausentarme unos días por el inesperado fallecimiento de mi madre. Y aquí estoy: atada a una silla en una cocina que no conozco, de una casa que no conozco, de una ciudad de la que apenas me suena el nombre. Frente a mi hay un tío de dos por dos metros apuntándome a la cabeza con una Dessert Eagle 357. De verdad que no entiendo cómo he llegado hasta aquí.

Fotografía: www.historiadelasarmasdefuego.blogspot.com.es