¿Qué hace de un libro un libro? ¿Es algo que se limita a almacenar y difundir información? ¿O tiene que ver con el tipo de papel, el cosido, la fuente, la tinta, su peso en tus manos, el olor de sus páginas? Para responder a estas preguntas, Julie Dreyfuss nos lleva de vuelta al nacimiento del libro como lo conocemos para mostrar cómo sus elementos se unen para formar algo más grande que la suma de sus partes.

En este vídeo de Ted-Ed, The evolution of book (La evolución del libro), las palabras de la educadora Julie Dreyfuss se unen a la animación de Patrick Smith para ofrecernos un estupendo repaso por lo que es un libro, tanto en su forma como en su fondo.

Me he permitido hacer una transcripción al castellano, para aquellos que no comprendáis el inglés. Si me he equivocado en algún término o algo no os parece correcto, podéis avisarme sin reparos.

¿Qué hace de un libro un libro? ¿Es algo que se limita a almacenar y difundir información? ¿O tiene que ver con el tipo de papel, el cosido, la fuente, la tinta, su peso en tus manos, el olor de sus páginas?

¿Es esto un libro? Probablemente, no. ¿Y esto sí lo es? Para responder a estas cuestiones tenemos que retrotraernos al inicio del libro como lo conocemos y entender cómo sus elementos se unieron para formar algo más grande que la suma de sus partes. 

El objeto más antiguo al que damos la consideración de libro es el códice, un grupo de hojas juntas cosidas por uno de sus lados.

Pero el auténtico punto de inflexión en la historia del libro fue la imprenta de Johannes Gutenberg a mediados del siglo XV. La idea de la fuente intercambiable había sido inventada tiempo atrás en la cultura oriental, pero la llegada de la imprenta de Gutenberg tuvo un impacto muy intenso. De repente, una élite formada por monjes y las clases gobernantes dejaron de controlar la producción de textos. Los mensajes se podían difundir con más facilidad y se podían hacer copias sin cesar, lo que llevó a una explosión de las imprentas por toda Europa.El resultado de este boom bibliográfico nos resulta familiar en algunos aspectos, pero muy ajeno en otros. 

El esqueleto de un libro está formado por papel, tipografía y cubierta. Hace más de dos mil años, en China se inventó el papel como superficie de escritura, algo que era una evolución del papiro egipcio. Sin embargo, hasta el siglo XVI, los europeos escribían principalmente sobre láminas muy finas de madera y resistentes pergaminos hechos con la piel estirada de animales. Con el tiempo, el papel se hizo popular y se extendió por Europa, sustituyendo al pergamino en la mayoría de imprentas porque era más barato al por mayor. 

Las tintas se venían haciendo combinando colorantes que procedían de plantas y animales con agua y vino. Pero como el agua no se adhería a los tipos metálicos, el uso de la imprenta obligó a cambiar a tintas de base oleosa. Los impresores usaban una tinta negra a partir de una mezcla de hollín de las lámparas, trementina y aceite de nuez.

¿Y qué sucede con el tipo y tamaño de las fuentes? Los primeros tipos intercambiables eran letras invertidas en altorrelieve grabadas en piezas de aleación de plomo. Se hacían a mano y eran muy caros. Había tantos diseños distintos como personas que tallaban los moldes. La estandarización de los tipos no fue posible hasta la producción en masa y la creación de un sistema accesible de procesamiento de palabras. En que se refiere al estilo, podemos agradecer a Nicolas Jenson el desarrollo de dos tipografías romanas para impresión a partir de las cuales se desarrollaron miles diferentes, incluyendo la Times Roman.

Algo tenía que sujetar todo esto junto, y hasta finales del siglo XV las cubiertas se fabricaban a partir de madera o de varias hojas de papel pegadas. Poco a poco serían sustituidas por cubiertas fabricadas con fibras de tejidos, que en su origen se emplearon para encuadernaciones de alta calidad a finales del siglo XVII, pero luego se extendieron al ser una opción más económica. 

Y mientras que hoy en día las ilustraciones de las cubiertas producidas en masa son una estrategia de marketing, los diseños de las cubiertas de los primeros libros se hacían por encargo. 

Hasta los lomos tienen su propia historia. En un principio no se consideraban un elemento estético importante, y los primeros diseños eran planos, en lugar de redondeados. La forma plana hacía que los libros fueran más fáciles de leer permitiendo que el libro se mantuviera abierto sobre una superficie. Pero esos lomos se dañaban con facilidad por el uso. La forma redondeada solucionaba ese problema, aunque surgían otros como que el libro se cerraba por sí solo. Pero la flexibilidad era más importante, sobre todo para el lector itinerante. 

Cuando el libro evoluciona y sustituimos los textos cosidos por pantallas planas y tinta electrónica, ¿son en realidad estos objetos y archivos libros? ¿Añaden el tacto de la cubierta y el olor del papel algo crucial a la experiencia lectora? ¿O la magia vive solo en el interior de las palabras sin importar en qué forma se presenten?  

¿Qué pensáis vosotros? ¿Un ebook sigue siendo un libro, o es algo diferente? ¿Echáis en falta algunos aspectos sensoriales al leer un texto sobre tinta electrónica?