Tengo la impresión —puede no ser compartida— de que la mayoría de las reseñas que leo no son      negativas, caen en el terreno de lo neutro o se deslizan por su filo hasta terminar en un mundo buenrollista. En redes sociales la tendencia no es tan evidente, son más abundantes los exabruptos fáciles que denotan la falta de profundidad no sé si en la lectura o en el análisis posterior.

La pregunta  que me planteo es: ¿Nos gusta todo? ¿Todos los libros son maravillosos? ¿O hay algo más?

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Austin Kleon y su máxima: no discutiré con gente que no conozco en la red. Una buena razón para no escribir críticas negativas.

Reseñas negativas, positivas y neutras. ¿De qué pie cojeo?

Jacob Silverman lo describe así en su artículo Against enthusiasm

If you spend time in the literary Twitter- or blogospheres, you’ll be positively besieged by amiability, by a relentless enthusiasm that might have you believing that all new books are wonderful and that every writer is every other writer’s biggest fan.

En un ejercicio de autoreflexión veo que yo también caigo en ocasiones en un terreno neutral. No hay peor reseña que la de aquel libro que no te ha provocado nada, ni pasión ni desidia. Yo los llamo los libros ¡Meh!, los que pasan por tu biografía lectora sin pena sin gloria, los que no son malos pero tampoco destacan en ningún aspecto. Son correctos, entretienen, pero no me dicen demasiado. Son con diferencia aquellos de los que más me cuesta escribir, cuando las reseñas se atascan lo indecible.

Tampoco hago, salvo alguna excepción justificada, valoraciones negativas. No nos vamos a engañar: Hay muchísimos libros malos. Demasiados. Se editan cosas que responden a criterios de mercado pero que no tienen valor literario. Rebuscar entre tanto libro es agotador. Se edita tanto que uno no sabe por dónde empezar a leer o si está acertando o no. Es imposible que todo lo que leamos sea bueno.

A veces me equivoco. Han caído en mis manos libros que bajo mi criterio son malos: por su argumento, estructura, estilo narrativo o por la edición. Los leo hasta el final para poder disponer de los argumentos necesarios para valorarlos. No hacen falta doscientas páginas para confirmarlo, es posible, pero tengo unas normas de trabajo.

Sin embargo, luego no hago la reseña correspondiente. Lo dejo pasar. Es una decisión que tomé de forma consciente desde un principio. Relatos en construcción es una web donde recomiendo libros que me parecen interesantes, que creo que pueden gustar a mis lectores. No me ha interesado nunca cebarme en aquellos libros que creo que no merecen la pena. Puedo hacer un comentario aquí o allá, preguntar por la opinión de otras personas en redes, pero poco más.

Reseñas negativas siempre desde el análisis

El peor libro del mundo tiene un trabajo por detrás que se debe valorar de alguna forma. Mi forma de hacerlo es obviarlo.¿Me estoy equivocando? ¿Tiene sentido hablar mal de un libro? Esta duda me asalta de vez en cuando, la última después de leer este artículo de The New Yorker titulado How to be a critic.

Negative criticism is as much an obligation of the nervous system—indeed, of the soul—as it is a part of the critics’ job, a responsibility to readers.

En contra de mi tendencia natural, en ocasiones no sólo es necesario, sino que resulta imperativo lanzarse a una crítica negativa. Pero para que esta sea válida, tiene que sustentarse en algo primordial:

La crítica tiene que estar bien articulada, justificada en sus términos, ser clara y expositiva y nunca estar construida desde el desconocimiento, el rencor o la frustración.

Las ventajas de las críticas negativas

La crítica negativa aporta un punto de vista fundamental, una enseñanza, es una base sobre la que podrán asentarse tanto opiniones a favor como discursos que la derriben pero, sobre todo, tiene que ser el punto de partida de una discusión razonada. Tiene que ser capaz de señalar dónde están los puntos débiles del libro y por qué lo son, qué problemas hay en la estructura o por qué la falta de credibilidad de los personajes. Esto supone mucho trabajo, muchísimo. En la mayoría de los casos, más que hacer una reseña positiva.

Además, genera conflictos. Ningún autor se queja de que se ensalce su libro, lo deja pasar si la reseña es neutra pero se lo toma en el plano personal si es negativa. Dependiendo del autor, eso es un problema para quien reseña porque el impacto de su opinión puede trasladarse hasta a su vida personal.

La novelista Zoë Heller planteaba que al publicar el escritor expone su texto a la opinión pública y que tiene derecho a conocer las reacciones que su trabajo suscita. Me gusta esta forma de exponerlo porque creo que una reseña negativa bien planteada es una herramienta de mejora o un toque de atención sobre aspectos del libro que tal vez no han funcionado como se esperaba. Del silencio (que es a lo que recurren muchos por no tener que decir: tu libro no funciona) poco se puede aprender.

Una opinión no es un dogma

Pero no olvidemos que, ante todo, una reseña es una opinión. Personal y subjetiva. Basada en la propia experiencia y bagaje lectores y, por lo tanto, incomparable con otras reseñas. Una reseña, cualquier reseña, no es un dogma al que aferrarse y no está equivocada ni acierta. Pero en este mercado literario que nos hemos montado en el que valoramos las opiniones por el número de seguidores de quien las emite, aunque no existan datos reales de impacto en ventas, una reseña negativa se ve como una calamidad que puede ocasionar el destierro del bloguero de turno.

En 1959 la novelista Elizabeth Hardwick denunciaba el estado de lamentable complacencia que abundaba en la secciones de reseñas de libros en Estados Unidos. Cuatro años después, junto con su esposo, el editor Robert Silvers, el poeta Robert Lowell, los editores Barbara y Jason Epstein, se fundaba el New York Review of Books. La discusión viene de lejos, como podéis leer en este extenso artículo de Letras Libres.

reseñas negativas

Fotografía: Banalities (flickr con licencia CC 2.0)

Termino esta reflexión con otra referencia al artículo del New Yorker:

There’s no particular method for practicing criticism, no technique to prescribe and no tone to recommend, any more than there is for art. It’s a matter of sensibility—and of sensitivity.

¿Qué opinión te merecen las críticas negativas? ¿Te fías de ellas más o menos que de las positivas? Si te apetece, puedes responderme con tus impresiones y las leeré y compartiré encantada.