El pasado viernes quince de septiembre se celebró en Bilbao la IV jornada “El autor en el nuevo mundo de la edición“, organizada por la Asociación de escritores de Euskadi / Euskadiko idazleen Elkartea.  En esta ocasión pude resarcirme de mi ausencia del año pasado, ya que asistí a todas las ponencias, mesas redondas y taller. Ya he hablado en alguna ocasión de estas jornadas —escribí sobre la edición de 2014 aquí y sobre la de 2015 aquí y aquí—, pero me alegra constatar que este evento está creciendo sobre todo en el nivel de sus invitados. Especial ilusión me hizo poder escuchar en directo a Bernat Ruiz Domènech, cuyo blog Verba Volant – Scripta Manent leo y comparto con mucha frecuencia, como también lo hago con el blog Antinomias, de Manuel Gil Espín.

La verdad es que tomé notas sin cesar (poca tecnología vi en la jornada entre los asistentes, y creo que el mío era el segundo portátil de la sala), bien porque, desde mi experiencia como agente colateral del entorno literario, estuviera de acuerdo con algunas de las afirmaciones, bien porque estuviera totalmente en contra. Si tenéis interés por leer el resumen oficial que se ha hecho de la jornada desde la cuenta oficial de la asociación, podéis hacerlo aquí.

Dentro de las sesiones que tuvieron lugar a lo largo de todo el día —muy bien controlado el tiempo por parte del presentador Jöel López, salvo un “pequeño desliz” tras la comida—, me llamaron la atención varias, entre ellas la que traigo hoy a colación.

La segunda mesa redonda del día llevaba por título “El futuro del formato papel en el periodismo cultural”. En la misma tomaban parte Guillermo Busutil, escritor, periodista y director de la revista sobre actualidad literaria Mercurio —ojalá en algún momento alguien les explique que divulgar todas las entradas de su feed de noticias al mismo tiempo satura a sus potenciales lectores—, César Coca, adjunto a la Dirección de El Correo y responsable del suplemento Territorios de la Cultura; y Winston Manrique, fundador y director de la publicación literaria digital WMagazín, bloguero y colaborador de El País. La mesa fue moderada por  Concha Barrigós, redactora jefe de Cultura y Espectáculos de la Agencia EFE.

Podéis ver la charla completa en el siguiente vídeo:

Esta charla me interesaba de forma especial porque soy consumidora de contenido cultural en formato digital, pero poco de él procede de “medios tradicionales”, que parecen siempre supeditados a los intereses de los grandes grupos editoriales y a los problemas de agendas —quien no esté ya harto de la terrible rentrée editorial después del verano, de las campañas navideñas o de las semanas previas al día del libro, que levante la mano—.

El contenido de las publicaciones culturales.

Uno de los aspectos en que coincidieron los tres ponentes —y de los pocos con los que estoy totalmente de acuerdo— fue que las publicaciones en papel —o las publicaciones culturales en general, pues no siempre se hacía una distinción clara entre ambas y el debate giró más hacia lo cultural en medios que hacia el formato concreto— iban a sobrevivir pero, en palabras de Guillermo Busutl requieren una vuelta, un análisis, no pueden limitarse a ofrecer la misma información que ya nos dieron otros medios más inmediatos como la radio o la televisión el día anterior. En esto estoy de acuerdo: el lector de medios culturales sabe cuando le están tomando el pelo, cuándo le están dando gato por liebre o, lo que es lo mismo, publicidad por noticia. Hace tiempo que nos olemos de lejos los post patrocinados —los que venimos del entorno bloguero lo hacemos a millas de distancia—. Sabemos si una crítica literaria lo es o, más frecuentemente, se limita a reproducir la nota de prensa de la editorial, retocándola con más o menos pericia según el redactor a quien le toque en suerte. Yo, como lectora, paso por alto las fechas de presentación de libros —dispongo de otras vías más claras para llegar a ellas, como la propia agenda de los medios o hasta los eventos en Facebook, que funcionan mejor como medio informativo—. Lo que nos interesa es un análisis detallado, un estudio, una interpretación personal del periodista pero basada en datos y fechas concretas. En esta misma línea, Winston Manrique comentó, con buen tino, que el periodismo en papel debe ser el mejor periodismo posible, “todos los días deben ser domingo”. César Coca afirmaba que los periodistas culturales, en ese sentido, lo tienen más fácil para no depender de la agenda, ya que la noticia como tal tiene escaso valor. Lo importante es conocer la trayectoria u obra de un autor, su herencia cultural… el tratamiento tiene que ser más de reportaje que de noticia.

La profesionalización del periodismo cultural

Otro tema que también se puso en entredicho fue la falta de profesionales que sepan utilizar con corrección el lenguaje, que es a fin de cuentas el soporte básico del periodismo, al margen de la plataforma de que hagan uso. Falta habilidad para expresar las ideas, para el análisis de los diversos temas en profundidad y para transmitir credibilidad y pasión por los temas que se tratan, factores que son, al fin y al cabo, los que atraen al público. Pero, al mismo tiempo, también comentaba Winston Manrique que los precios que se pagaban por artículo iban entre los 40 euros para una publicación en formato digital a unos 100 euros máximo en formato papel por parte de una firma más o menos reconocible. Seamos serios: ¿qué supone eso? Pongamos por ejemplo el último libro de Paul Auster, 4 3 2 1. 960 páginas de nada. Pongamos que el periodista lee unas 100 páginas por hora (yo leo bastante menos, pero tampoco aquí estoy queriendo dar unos datos muy exactos). Casi diez horas para completar la lectura, más al menos una hora más de documentación varia, más otra de redacción para un pequeño artículo que le reportará cuarenta euros. Poco más de tres euros por hora. Menos de la mitad del sueldo mínimo. ¿Cuántos profesionales están dispuestos a semejante inversión de trabajo? ¿No resulta entonces más lógico copiar la nota de prensa —o lo que es peor: copiar lo que han escrito otros antes, incluidos esos blogueros a quienes tanto critican—? Yo, que me limito a hacer reseñas (en ningún momento hago crítica literaria y creo que, en general, la gente tiene problemas para distinguir ambos conceptos), soy consciente, como lo son la mayoría de los blogueros, del tiempo que hay que invertir en cada publicación. Parecerá una perogrullada, pero si quieres buenos profesionales, tienes que pagarles en consonancia con su trabajo (si, lo sé, vivo en una utopía).

Formatos del periodismo cultural digital

Otras cuestiones interesantes que se trataron: las características de los artículos en cuanto a su formato. Un aspecto en que no estoy de acuerdo: se comentó que los lectores digitales no querían textos largos, sino textos más cortos y concisos. La realidad es que están empezando a destacar publicaciones —JotDown, Pikara Magazine o New Yorker, por poner algunos ejemplos— que se caracterizan por extensiones a priori más adecuadas para el papel (de hecho, alternan ambos formatos sin renunciar a su esencia en ninguno de ellos). A este respecto Winston Manrique comentaba que que, hasta ahora, el periodismo cultural digital se limitaba a al “volcadismo” de la edición del papel, algo que es insostenible. Las opciones que ofrece el mundo digital —a pesar de que Cesar Coca, equivocado desde mi punto de vista, comentara que son mucho más limitadas, si bien luego afirmó que el problema era que las soluciones digitales son más caras de implantar— no pueden limitarse a un titular + foto + parrafada. Hay que hacer un esfuerzo (y sí, supone un coste), para maquetar, para hacer el texto más atractivo visualmente. No nos podemos limitar a esforzarnos en el contenido sin tener en cuenta el medio, hay que ofrecer una experiencia acorde con las expectativas del lector digital. Se puede jugar con los fotorrelatos, los audiorelatos, los podcast, los vídeos… no como un complemento del texto principal, sino como parte esencial del mismo.

periodismo cultural

Mesa redonda en torno al periodismo cultural. Fotografía: AEE/EIE

La relación con los autores

La relación general con los autores es positiva desde el punto de vista de los periodistas. Es cierto, comentaba Winston Manrique, que entre ellos siguen abundando quienes quieren aparecer solo en publicaciones en papel, sin ser conscientes de que el papel caduca, se destruye, mientras que las menciones digitales permanecen con los años. pero otro tanto sucede con los periodistas culturales, muchos de ellos no saben moverse en el medio digital.

Todos admiten que aún necesitan de la referencia de una editorial para acometer una crítica o mención a una obra literaria. Tanto en la revista Mercurio como en W Magazine no se tratan autores autoeditados o autopublicados. Ambos afirman que necesitan de un prescriptor, un editor que filtre, como labor principal, que separe los productos de más calidad del resto. César Coca sí admitió que se han reseñado en alguna ocasión, cuando la temática de sus obras tenía encaje con su público potencial (puso como ejemplo una novela histórica ambientada en el Barakaldo del siglo XVIII). Pero también anota que hay que tener en cuenta que se comentan novelas de “editoriales de postín” que probablemente alcancen con dificultad los quinientos ejemplares vendidos de media.

Guillermo Busutil comentaba que el tema de ventas es muy opaco. En su opinión, una crítica literaria en un medio cultural no atrae las ventas tanto como unos minutos dedicados con pasión en un medio más cercano como la radio. En el caso de Mercurio alegan otra razón para no hablar de autopublicados: solo trabajan con obras que tengan distribución nacional. Tal vez, en relación a lo que comenta, se pueda unir la fuerza que en los últimos años han conseguido blogueros, booktubers o instabookers, no profesionales que, sin embargo, no precisan de un enorme conocimiento cultural —aunque existan quienes lo tienen, algunos muy por encima de periodistas— para lograr eso que las editoriales quieren: atraer lectores a través, no ya de información, sino de la creación de emociones. Y es ahí donde el periodismo cultural debería darse cuenta de que los blogueros no son sus contrincantes, sino que juegan un papel diferente en el entorno cultural; se complementan, juntando emotividad por un lado y una fuente fiable y seria de datos por otro.

Cerrando la mesa redonda 

Para terminar, querría acabar con una reflexión de todos los ponentes en la mesa, que admitían que la sección de cultura es la primera que ha sufrido los recortes de los medios, pero que también es la que cuenta con lectores más fieles (tal vez no en número, pero sí en tiempo de permanencia en sus páginas, algo que solo se puede medir en entornos digitales), y que desde las direcciones aún no se es muy consciente de ello y de cómo enfocar esta información en su beneficio y el de sus lectores. Sí que habría que tenerse en cuenta que un periódico sin sección cultural supondría una impresión general de baja calidad en el imaginario del lector, y como tal debe respetarse y ensalzarse.

Como veis, la mesa dio mucho de sí y se trataron bastantes temas, algunos de forma más puntual debido al formato y al tiempo disponible. Pero, desde luego, fue de las mesas que generaron más ruido de fondo entre el público asistente. En mi opinión, al periodismo cultural en los medios generales aún le falta arriesgarse y convertirse al medio digital con paso seguro, en formatos y contenidos. Pero, como bien se ha comentado, eso requiere una inversión en medios y en periodistas de calidad que respalden el trabajo. No sé si se llegará a ello.

¿Qué os ha parecido el resumen? ¿Qué os gustaría aportar al respecto? Tenéis los comentarios a vuestra disposición 

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