Aunque no sea una convencida en cosas del destino, es cierto que a veces, sobre todo en temas literarios, parece haber una cierta conjura que me mueve hacia temas concretos. SI hace nada os comentaba que este año he leído varias novelas sobre la paternidad ausente o dolorosa sin buscarlo—como este, este o también Te me perdiste, de José Luis Peixoto, que es una maravilla—, en las últimas semanas he leído también un par de textos muy interesantes sobre la libertad de expresión y de actuación, ambos de dos escritores conocidos y que han pasado ya por las páginas virtuales de esta bitácora.

El primero de ellos es Dalton Trumbo. Muchos ya sabéis que su novela Johnny empuñó su fusil es uno de mis libros favoritos, hasta tal punto que uno de mis tatuajes tiene una sección dedicada a él —sí, sé lo que podéis estar pensando—. Además de hablar de este libro, también he tenido el placer de leer la biografía de Bruce Cook publicada por Navona Editorial, que tiene mucha relación con el texto del que os quiero hablar: El tiempo del sapo.

dalton trumbo, libertad de expresión, el tiempo del sapo

TRUMBO, Dalton Trumbo, 2007. ©Samuel Goldwyn Films/courtesy Everett Collection

El tiempo del sapo —editado en español por Artefakte con traducción y prólogo de Breixo Viejo— fue la respuesta de Trumbo a la acusación de pertenecer a un partido comunista por parte del Comité de Acciones antiamericanas. Era la época del terror en Hollywood y la caza de brujas por parte de la comisión McCarthy, cuando parecía que el único mal que asediaba a los Estados Unidos era el comunismo. Trumbo fue uno de los diez que se negó a responder a la pregunta clave del comité (¿Es usted miembro del Screen Writers Guild?) y a delatar a ningún otro miembro de la asociación, escudándose en que la constitución estadounidense defiende la libre asociación y el derecho de los sindicatos a defender la confidencialidad de afiliación.

Al final Trumbo fue condenado a pasar, junto con sus compañeros, una temporada en prisión, pero antes de esto trató de defenderse a través de un panfleto, The time of the toad, publicado en 1949, en el que hacía un repaso de su situación, de cómo se había llegado a tal situación de represión de la industria cinematográfica y defiende su inocencia. Pero, sobre todo, lo que defiende es la libertad de expresión, el derecho a no hacer de una obra artística un instrumento al servicio de un poder político o judicial, sino que tiene que tener una entidad propia, debe ser la fuente de expresión de un artista (y no necesariamente de sus ideas personales). Defiende que no se puedes ser peligroso por ser comunista —ni judío, ya que traslada la comparación muchas veces al nazismo—, sino por las acciones. Las ideas por sí solas no deben ser causa de acusación.

El segundo texto del que os quiero hablar lo encontré esta semana en las redes sociales, de ahí que hable de cierta casualidad, aunque tal vez sea más preciso decir que, cuando estamos sumergidos en un tema, es frecuente que todo lo que vemos nos recuerde a ello.

kurt vonnegut, libertad de expresión

Kurt Vonnegut

En octubre de 1973, Bruce Severy, profesor de inglés en el Instituto Drake de Dakota del Norte (EE.UU.), decidió usar textos de Matadero cinco —una obra de la que he hablado hace bien poco aquí y que se suma así a la corriente de conexiones— como material de apoyo en sus clases. Al cabo de un mes, el director del consejo escolar, Charles McCarthy exigió que las treinta y dos copias de la novela se quemaran en las calderas del centro, debido a su “lenguaje obsceno”. Pronto otros libros siguieron el mismo destino. Vonnegut escribió entonces una carta al director, carta a la que nunca recibió respuesta.

Esta carta fue recuperada por Shaun Usher, un lector y bloguero cuyo amor por las misivas le llevó a crear una web, Letters of note, en la que recopila correspondencia que considera importante por una u otra razón. La carta de Vonnegut, publicada aquí, le fue cedida por los herederos del autor.

Para poner cierta sonoridad al texto, os incluyo un vídeo donde el actor británico Benedict Cumberbatch —que logra que todo suene un poco mejor— lee la carta. La lectura tuvo lugar en 2014 como parte del Hay Festival. A continuación del vídeo tenéis la transcripción del texto en inglés y, más adelante, en castellano. Os recomendaría que prestéis atención en especial  a los dos últimos párrafos.

 

November 16, 1973

Dear Mr. McCarthy:

I am writing to you in your capacity as chairman of the Drake School Board. I am among those American writers whose books have been destroyed in the now famous furnace of your school.

Certain members of your community have suggested that my work is evil. This is extraordinarily insulting to me. The news from Drake indicates to me that books and writers are very unreal to you people. I am writing this letter to let you know how real I am.

I want you to know, too, that my publisher and I have done absolutely nothing to exploit the disgusting news from Drake. We are not clapping each other on the back, crowing about all the books we will sell because of the news. We have declined to go on television, have written no fiery letters to editorial pages, have granted no lengthy interviews. We are angered and sickened and saddened. And no copies of this letter have been sent to anybody else. You now hold the only copy in your hands. It is a strictly private letter from me to the people of Drake, who have done so much to damage my reputation in the eyes of their children and then in the eyes of the world. Do you have the courage and ordinary decency to show this letter to the people, or will it, too, be consigned to the fires of your furnace?

I gather from what I read in the papers and hear on television that you imagine me, and some other writers, too, as being sort of ratlike people who enjoy making money from poisoning the minds of young people. I am in fact a large, strong person, fifty-one years old, who did a lot of farm work as a boy, who is good with tools. I have raised six children, three my own and three adopted. They have all turned out well. Two of them are farmers. I am a combat infantry veteran from World War II, and hold a Purple Heart. I have earned whatever I own by hard work. I have never been arrested or sued for anything. I am so much trusted with young people and by young people that I have served on the faculties of the University of Iowa, Harvard, and the City College of New York. Every year I receive at least a dozen invitations to be commencement speaker at colleges and high schools. My books are probably more widely used in schools than those of any other living American fiction writer.

If you were to bother to read my books, to behave as educated persons would, you would learn that they are not sexy, and do not argue in favor of wildness of any kind. They beg that people be kinder and more responsible than they often are. It is true that some of the characters speak coarsely. That is because people speak coarsely in real life. Especially soldiers and hardworking men speak coarsely, and even our most sheltered children know that. And we all know, too, that those words really don’t damage children much. They didn’t damage us when we were young. It was evil deeds and lying that hurt us.

After I have said all this, I am sure you are still ready to respond, in effect, “Yes, yes–but it still remains our right and our responsibility to decide what books our children are going to be made to read in our community.” This is surely so. But it is also true that if you exercise that right and fulfill that responsibility in an ignorant, harsh, un-American manner, then people are entitled to call you bad citizens and fools. Even your own children are entitled to call you that.

I read in the newspaper that your community is mystified by the outcry from all over the country about what you have done. Well, you have discovered that Drake is a part of American civilization, and your fellow Americans can’t stand it that you have behaved in such an uncivilized way. Perhaps you will learn from this that books are sacred to free men for very good reasons, and that wars have been fought against nations which hate books and burn them. If you are an American, you must allow all ideas to circulate freely in your community, not merely your own.

If you and your board are now determined to show that you in fact have wisdom and maturity when you exercise your powers over the eduction of your young, then you should acknowledge that it was a rotten lesson you taught young people in a free society when you denounced and then burned books–books you hadn’t even read. You should also resolve to expose your children to all sorts of opinions and information, in order that they will be better equipped to make decisions and to survive.

Again: you have insulted me, and I am a good citizen, and I am very real.

Kurt Vonnegut

Y aquí tenéis el texto traducido, cortesía de Cultura Impopular:

Querido Sr. McCarthy:
Le escribo en su capacidad de director del Instituto Drake. Me cuento entre aquellos escritores norteamericanos cuyos libros han sido destruidos en la ahora famosa caldera de su escuela.

Ciertos miembros de su comunidad han sugerido que mi obra es maligna. Esto me resulta extraordinariamente insultante. Las noticias que llegan desde Drake me llevan a pensar que los libros y los escritores son para ustedes algo muy irreal. Le escribo esta carta para hacerle saber lo real que soy. También quiero que sepa que mi editor y yo no hemos hecho absolutamente nada para explotar las desagradables noticias provenientes de Drake. No nos palmeamos mutuamente las espaldas, congratulándonos por todos los libros que vamos a vender con la polémica. Hemos rechazado aparecer en la televisión, no hemos escrito ni una sola carta encendida a los periódicos ni hemos concedido largas entrevistas. Sentimos enfado, repulsa y tristeza. Y ninguna copia de esta carta le ha sido enviada a nadie más. Tiene usted en sus manos la única copia. Es una carta estrictamente privada escrita por mí para el pueblo de Drake, que tanto ha hecho para dañar mi reputación a ojos de sus hijos y posteriormente a ojos del mundo. ¿Tendrá el coraje y la ordinaria decencia de mostrarle esta carta al pueblo o también ella acabará consignada a los fuegos de su caldera?

Supongo a partir de lo que leo en los periódicos y oigo en televisión, que me imaginan, a mí y también a otros escritores, como a una especie de individuo ratonil que disfruta ganando dinero envenenando las mentes de los jóvenes. En realidad soy una persona grande y fuerte, de cincuenta y un años, que realizó muchos trabajos agrícolas de niño, hábil con las herramientas. He criado a seis niños, tres míos y otros tres adoptados. Todos han salido bien. Dos de ellos son granjeros. Soy un veterano de infantería de la Segunda Guerra Mundial y tengo un Corazón Púrpura. Me he ganado lo que sea que tenga trabajando duramente. Nunca he sido arrestado ni demandado por nada. Me he ganado la confianza de los jóvenes y de los demás en mi trato con los jóvenes de tal manera que he trabajado en las facultades de la Universidad de Iowa, Harvard y el City College de Nueva York. Todos los años recibo como mínimo una docena de invitaciones para dar charlas inaugurales en universidades e institutos. Probablemente no haya otro escritor de ficción norteamericano vivo cuyos libros sean más usados en las escuelas.

Si se molestaran en leer mis libros, en comportarse como lo harían personas educadas, sabrían que no son sensuales ni defienden ningún tipo de comportamiento salvaje. Ruegan que la gente sea más amable y más responsable de lo que a menudo suele serlo. Es cierto que algunos de los personajes hablan rudamente. Esto se debe a que las personas hablan rudamente en la vida real. Particularmente los soldados y aquellos que tienen trabajos duros hablan rudamente, e incluso el más protegido de nuestros hijos lo sabe. Y todos sabemos, también, que en realidad esas palabras no causan apenas daño a los niños. No nos lo causaron a nosotros cuando éramos jóvenes. Eran las malas acciones y las mentiras lo que nos causaba perjuicio.

Tras haber dicho todo esto, estoy seguro de que se mostrará presto a responder: “Sí, sí, pero sigue siendo nuestro derecho y nuestra responsabilidad el decidir qué libros deben leer nuestros hijos en nuestra comunidad”. Esto es efectivamente así. pero también es cierto que si ejercitan ese derecho y cumplen esa responsabilidad de manera ignorante, burda y antiamericana, la gente se verá justificada para llamarles malos ciudadanos y necios. Incluso sus hijos se sentirán justificados para llamarles así.
He leído en el periódico que su comunidad está perpleja ante el escándalo que se ha extendido por todo el país a raíz de sus acciones. Bien, han descubierto que Drake forma parte de la civilización norteamericana, y que sus conciudadanos no soportan que se hayan comportado ustedes de manera tan incivilizada. Quizás con esto aprendan que los libros son sagrados para los hombres libres por muy buenos motivos, y que se han luchado guerras contra naciones que odian los libros y los queman. Si son ustedes americanos, deben permitir que todas las ideas circulen libremente en su comunidad, no únicamente las suyas.

Si usted y su junta directiva están decididos a mostrar que tienen, en realidad, sabiduría y madurez en el ejercicio de sus poderes sobre la educación de los jóvenes, deberían reconocer que ha sido una lección nauseabunda la que les han enseñado a los jóvenes de una sociedad libre, con su denuncia y posterior quema de libros. Libros que ni siquiera han leído. También deberían mostrarse dispuestos a exponer a sus hijos a todo tipo de opiniones e información, para que puedan estar mejor equipados para tomar decisiones y sobrevivir.

Una vez más: me han insultado, y soy un buen ciudadano, y soy muy real.

Kurt Vonnegut

 

¿Qué os parecen estos textos? ¿Estáis de acuerdo con su contenido? ¿Conocéis algún otro texto de escritores donde defiendan su derecho la libertad de expresión y a la no censura de obras literarias? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.