Recientemente he terminado de leer el ensayo Música de mierda, de Carl Wilson, editado por Blackie Books. Escrita por el periodista y crítico musical canadiense en 2007, esta obra trata de desentrañar si no estaremos yendo demasiado lejos cuando hablamos de buen y mal gusto. ¿somos unos esnobs? ¿O es que solo consideramos de buen gusto aquellas obras, ya se trate de música, películas o libros, que se ajustan a nuestras preferencias personales? Para ejemplificar sus teorías, toma como referencia a su compatriota Celine Dion y, a lo largo de doce capítulos, trata de desentrañar por qué es una de las artistas más aclamadas por el público y, al mismo tiempo, una de las más odiadas, además de vapuleada por la crítica musical. Siendo así, escoge su album Lets talk about love —el que contiene la famosa canción My heart will go on, pieza central de la banda sonora de la película Titanic— y se esfuerza, por todos los medios posibles, en establecer una conexión emocional con una música que, de entrada, nunca le ha llamado la atención.

Aunque el libro me ha dejado bastante fría, con seguridad debido a que nunca había leído tanto sobre una cantante que a mí tampoco me agrada, es una de las obras de las que más notas he extraído y apuntado en mi cuaderno de citas. Tengo pendiente pasarlas al blog, aunque me llevará algo de tiempo porque son unas diez páginas, pero espero que esté pronto lista la entrada.

carl wilson, musica de mierda

La razón es que Wilson trata de dar explicación a una cuestión bastante complicada: ¿qué características de una obra cultural hacen que guste o no? ¿Por qué no nos gusta Celine Dion y, sin embargo, nos apasionamos por Eminem —por poner un ejemplo? ¿A qué viene ese cierto rechazo generalizado al arte moderno? Para tratar de justificarlo, el autor recurre a algunos de los grandes pensadores de la historia que ya buscaron una respuesta que justificara nuestra pretendida falta de gusto artístico. Y no para ahí, sino que también deja caer que esta falta de cultura es un arma arrojadiza para quienes, auto elevados en un altar  del buen gusto, se dedican a vilipendiar todo aquello que consideran plebeyo o de clase media, del gusto de “el vulgar rebaño”, en palabras de John Sutherland.

Eso es lo que justifica los malhumorados ataques contra la plebe: si leyeran lo que tienen que leer, nuestra decadente sociedad todavía podría salvarse.

Y al hilo de este tema, menciona para empezar a Hans y Shulamith Kreitler, autores del libro “Psychology of the arts“, quienes trataron de encontrar la explicación a por qué algo nos gusta; sin embargo, acabaron por admitir que dar con la ecuación que responda a esa pregunta es casi imposible:

[…] la explicación sobre por qué respondemos de forma distinta ante una misma obra de arte tendría que “abarcar una serie de variables inconmensurables, que incluirían no solo rasgos personales perceptuales, cognitivos, emocionales y demás, sino también información biográfica, experiencias personales específicas, encuentros anteriores con el arte y asociaciones individuales”. En otras palabras: no hace falta ni que lo intentes.

He ahí el problema: no nos gusta algo por sus características, sino por lo que esas características significan para nosotros. ¿Cuántas veces no he discutido con alguien si tal o cual libro es maravilloso o una abominación? ¿Cuántas no he abierto los ojos asombrada —e incluso ofendida en lo personal— cuando alguien comenta que no le gusta algo que considero imprescindible? Es así porque no están refiriéndose solo a una obra, sino a lo que significa para mi y, por extensión, a mi persona. Me siento insultado, en cierta forma.

David Hume, allá por 1757, intentó definir qué es el buen gusto en su obra “Del estándar del gusto”:

un sentido fuerte, unido a un sentimiento delicado, mejorado por la práctica, perfeccionado por la comparación y desprovisto de todo prejuicio, es lo único que debe permitir a los críticos adoptar ese valioso título; y el veredicto combinado de dichas personas, dondequiera que se encuentren, es el verdadero estándar del buen gusto y la belleza.

Sin embargo, esta afirmación acarrea bastantes problemas. Por un lado: ¿podemos afirmar algo libres de prejuicios al cien por cien? ¿Es eso viable? Lo dudo mucho. Sí estoy más de acuerdo en la afirmación sobre la práctica. Es más: creo que, dentro de las posibilidades de cada cual esa práctica debería abarcar toda la extensión posible: ¿cómo voy a decir que una ópera es magnífica –o que es un género tedioso— si sólo he asistido a una representación? Aprender a valorar los matices del arte requiere tiempo y dedicación. Por eso soy tan reacia a usar el término crítica literaria —o cinematográfica, o musical, o artística— a la ligera.

La opinión de Hume encierra además otro riesgo. Cuando habla del veredicto combinado de dichas personas, como bien advierte Wilson, corre el riesgo de que prevalezca la opinión del más fuerte, de que se creen cánones de belleza que no admitan la entrada de nuevas corrientes artísticas por tacharlas de no adecuadas y ajustadas a ellos. ¿Cómo sería entonces posible la evolución en el arte?

Llegamos a Kant, que comparte algunas de las ideas básicas de Hume, entre ellas la existencia de un consenso en la belleza que debería darse bajo las condiciones oportunas, que incluirían una amplia educación o tiempo libre, entre otras.

La uniformidad estética nos es esquiva solo porque las circunstancias distorsionan las percepciones de algunas personas.

Es decir: que si juntamos a dos personas que tienen exactamente la misma educación y el mismo nivel cultural, además de haber apreciado en el pasado las mismas obras, llegarían a un acuerdo sobre lo que es bello o no. Esta opinión esquiva la planteada por el matrimonio Keitler, es decir, la influencia de las circunstancias personales al margen de las meramente educativas o culturales. En la práctica, es imposible que dos personas vivan la misma vida, sin ninguna diferencia, y por tanto ese “sensus communis” o acuerdo respecto a lo que es bello o no es una utopía.

Y para terminar —al menos esta entrada, pero creo que el tema bien merece seguir hablando de él y tengo bastantes más anotaciones de la obra de Wilson que merecería la pena comentar—, Pierre Bordieu introduce un aspecto adicional para determinar qué hace que nos guste lo que nos gusta: las aspiraciones sociales. Reduce a las personas a dos aspectos fundamentales; por un lado el habitus, que abarca lo que somos: la clase social en la que hemos nacido, nuestras costumbres… A partir de ahí, cada persona busca, de forma consciente o inconsciente, maximizar su satisfacción personal dentro de los márgenes que le proporciona ese ambiente. Por otro lado estarían los campos: instituciones sociales que nos faciliten perseguir nuestros objetivos, ya sea ya sea campos políticos, culturales, corporativos, legales, médicos o religiosos.

EL gusto es siempre interesado y, más concretamente, interesado por uno mismo, y ese interés es social.
[…] en cambio, de la clase media hacia arriba, la gente recurría a justificaciones mucho más grandilocuentes. […] Pero también ofrecían muchos detalles de cómo sus gustos eran un reflejo de sus valores y su personalidad, y del las áreas en las que deseaban ampliar sus conocimientos.
La interpretación de Bordieu fue que los gustos eran herramientas estratégicas. […] el gusto […] se movilizaba como parte del deseo de mejorar el estatus social.

Esto resulta muy evidente en la mayoría de adolescentes, donde vemos  con claridad cómo afirman que algo les gusta o no no sólo para garantizar su entrada en un grupo de su interés, sino también para lo contrario: alejarse, por ejemplo, de la figura de sus progenitores en un arranque de rebeldía temporal. Pero, aunque ejercidas con mayor sutileza, estas acciones no escapan al mundo adulto.

Tal vez estemos por tanto dándole excesivas vueltas a algo tan imposible de definir: nuestro gusto personal y la calificación de una obra como bella o no. Pero no por eso dejan de resultar un ejercicio interesante dar vueltas a qué nos hace decantarnos por uno u otro estilo.

Es vuestro turno: ¿qué creéis que define mejor lo que os gusta? ¿qué os influye? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.  

¡Sé parte de Relatos en Construcción!

¿Quieres recibir en tu correo relatos, reseñas, información y noticias sobre el mundo de la literatura y escritura, técnicas de creatividad y reflexiones personales? ¡Suscríbete a Relatos en construcción!
Fotografía: Tom_Bullock (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)