Con motivo de la conmemoración el 2 de abril del Día del libro infantil y juvenil, la semana pasada se celebró en la Biblioteca Foral de Bizkaia la segunda edición de las jorndas Construyendo lectoras y lectores, un encuentro destinado a madres, padres, bibliotecarios y profesores, todos ellos personas capaces de mostrar a los niños la importancia del libro en cualquier formato, tanto digital como en papel.

En esta edición, el tema en torno al cual han girado las ponencias ha sido la presencia de los clásicos de la literatura en el entorno lectivo infantil y juvenil. A continuación os dejo con el programa:

ProgramaConstruyendoLectoresLamentablemente sólo pude asisitir a las conferencias y me ausenté a la hora de comenzar las mesas redondas, así que sólo voy a poder dar una visión parcial del evento y me voy a centrar en lo que se dijo ahí. También creo que es importante que destaque que, en general, estoy en contra de la adaptación de los clásicos, por lo que entenderéis que mi resumen esté caracterizado por la subjetividad y el sesgo.

Lectura de los clásicos dentro y fuera de la literatura.

La primera conferencia corrió a manos de Rosa Navarro, catedrática de Literatura española en la Universidad de Barcelona y firme defensora de la adaptación de los clásicos para los niños; no en vano, y desde el año 2005, ha publicado, entre otros, versiones de El Quijote y El mío Cid. Rosa Navarro ofreció un discurso que se diría lleno de pasión. Dedicó la mayor parte del mismo a ofrecer a la audiencia adaptaciones propias de fragmentos de obras como Tirante el Blanco, La Odisea, El Quijote, El cantar del mío Cid…

Navarro hizo suya la queja de que en los colegios se imparta de forma conjunta como una única asignatura Lengua y literatura, lo que desplaza el estudio de las obras literarias al mero análisis sintáctico, llegando a una situación de destrucción absoluta del conocimiento de la literatura en el ámbito universitario.

La importancia de la adaptación de los clásicos estriba, entre otros aspectos, en que si bien las circunstancias cambian de nombre, se mantienen en el tiempo y el aprendizaje en base a las obras clásicas sigue manteniendo ahí su actualidad. Navarro también mantiene que los libros, si no los lee nadie, no son libros, sino tan solo volúmenes impresos.

En esta primera charla hubo algunos aspectos que no me convencieron. En primer lugar, el contenido de la misma, que brilló por su ausencia, limitándose a llenar buena parte del tiempo con anécdotas y relatos que el público asistente, dada su especialización, debía conocer ya de sobra, sin aportar ninguna argumentación de interés más allá de alguna idea suelta. Tampoco considero de recibo, ni en esta ni en ningún otro tipo de disertación, comenzar con una exposición de los problemas a los que se está enfrentando en su entorno profesional. Creo que no era el ámbito para exponer este tema. Mención aparte sus comentarios respecto a que «Los clásicos son las mejores obras que han escrito nuestros mejores escritores», una crítica que valoro como un desprecio por la literatura actual de donde sin duda surgirán nuevos clásicos, un término que requiere no sólo valor literario, sino también el paso del tiempo.

En resumen, creo que fue una brillante oradora que debería haber ofrecido un discurso más estructurado y sostenido en torno a la temática de las jornadas y que se dejó llevar por completo por anécdotas y notas ilustrativas sin un argumento en las que apoyarlas.

Construyendo lectores Rosa Navarro

Rosa Navarro durante su intervención

¿Son los clásicos unos inadaptados?

El segundo día asistí a la charla o coloquio entre Seve Calleja, profesor de lengua y literatura que ha dedicado la mayor parte de sus esfuerzos a la investigación, lectura y redacción de obras para jóvenes, y Rafael Muñoz, quien fue responsable de relaciones con los medios de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez de Salamanca y publica semanalmente en el diario digital Salamanca artículos acerca de la lectura para niños y jóvenes.

La conferencia se desarrolló entre citas y más citas de autores y estudiosos de las adaptaciones. Desde Italo Calvino y Sabater, partidarios fervientes de la adaptación de los clásicos, hasta Sánchez Ferlosio, quien siempre se ha manifestado en contra.

Entre las ideas que vertieron y que apuntaron temas de gran interés y dignos de disponer de un espacio propio, se incluía la necesidad de mantener o no una visión íntegra y fiel de la obra original. Para ello, se ponía de ejemplo la próxima publicación de una adaptación de El Quijote por parte de Andrés Trapiello, con prólogo de Vargas Llosa quien ensalza que la obra se ha rejuvenecido poniéndola al alcance de muchos lectores a quienes resultaba un esfuerzo la lectura de la obra original. En relación a este punto Muñoz apuntaba si no estaremos cayendo en lo que se denomina un «egoismo práctico» a la hora de adaptar el lenguaje, poniendo como ejemplo el caso del colonialismo, donde el colonizador sólo quería transmitir una idea a los esclavos, pero no integrarles en la complejidad y la riqueza de su lenguaje (podeís leer aquí su artículo donde explica esta idea con detalle). Tal vez el debate no debería centrarse pues en si es necesario adaptar o no los clásicos, sino en cómo mejorar la competencia literaria de los lectores y qué hacer para formarlos. En su opinión, se hace necesario lograr un acercamiento natural a los clásicos para no encontrarse con el rechazo en firme del lector.

También hizo un interesante comentario sobre el mestizaje de la literatura con otros medios de comunicación y cómo las adaptaciones no deben referirse tan solo al papel, sino también tener en cuenta medios como la imagen, los vídeos, el cómic, el cine, los videojuegos….

Esta segunda conferencia me resultó mucho más interesante y se mencionaron temas que por falta de tiempo no se llegaron a desarrollar. Eché de menos también una exposición más estructurada y menos basada en citas y comentarios de otros, en la que se pudiera demostrar el conocimiento de quienes exponían.

Rafael Muñoz y Seve Calleja

Rafael Muñoz, a la izquierda, y Seve Calleja

Al igual que en la edición del año pasado ha sido una oportunidad de acercarme al lado más académico de la literatura infantil y juvenil. Como siempre, lamentar que no contara con una asistencia mayor, aunque tampoco me extrañó porque la Biblioteca Foral está ahora sumergida en un proceso para conseguir abrirse más al público general y dar a conocer con mayor éxito sus iniciativas, que no son pocas.

Y para terminar sólo me resta pedir que se reconsidere el título de las jornadas. Soy consciente de la presión que ejercen las administraciones para lograr un lenguaje neutro o no sexista. Pero si ya me resulta absurdo y tedioso en manuales, folletos y formularios, es incomprensible que forme parte de un evento centrado en la literatura y la narrativa.