Durante la última semana, mi vida ha transcurrido de faja literaria en faja literaria. Lo que de que sea literaria creo que hay que remarcarlo porque una ya empieza a entrar en una edad… Dejémoslo ahí.

Me choco con las fajas a cada paso que doy. Mis dedos tropiezan con ellas en los libros que compro, obvio, pero también hay fajas en muchas de las conversaciones que he mantenido en redes. Esta semana, por alguna razón, más. Prestad especial atención a este hilo en Twitter, donde se produce una encarnizada lucha entre lector y editor.

fajas literarias, hoja de lata,

¿Sirve twitter para discutir de cosas importantes? Sí. Por ejemplo, de las fajas

Las fajas. No hay lector a quien les gusten las fajas (sí, los hay, pero los voy a obviar por el bien de esta entrada. Tiene que parecer que la razón está de mi parte). No entiendo las fajas. Quiero decir, entiendo por qué se ponen, pero no me puedo creer que en pleno siglo XXI, en una era donde la tecnología es la reina, alguien pueda pensar que un par de frases en un trozo de papel encerado sea una estrategia válida para vender libros.

Porque, pensadlo bien: ¿Qué pone ahí? Frases vacías, inocuas que en ningún momento me atrevo a atribuir —como pretenden las editoriales que las incluyen— a esas personalidades del mundo de la literatura que las firman. ¿De verdad su prosa no da para más? ¿Puede haber frases más carentes del contexto de la obra reseñada? La mayoría sirven lo mismo para una novela sobre la Guerra Civil que para un manual de autoayuda. Cuando hablan del autor, en lugar del libro, es aún peor: «no sé de qué va este libro, pero me suena haber coincidido con el autor en algún sarao y era majo y tal».

Lo que me lleva a pensar: ¿será que esos influencers literarios que tan bien nos vienen a vender un libro ajeno no han escrito los propios? Ojo, porque esto es importante: paso de la incredulidad hacia el libro que me quieren vender a la incredulidad hacia el autor que permite que la frasecita de marras se incluya en la faja.

faja literaria, elena garro

Luego hay fajas como esta. Que no voy a mencionar porque ya estoy lo suficientemente indignada

Por si alguno aún no sabe para qué se supone que sirven las fajas, aquí va el apunte teórico: las fajas son papeles de colores fuertes —destrozando de camino el trabajo que el equipo editorial pueda haber  hecho con la portada— que tienen que llamar la atención del comprador. Sirven para que el posible lector las sitúe con rapidez en uno u otro género —porque la sinopsis de la cubierta trasera no debe cumplir esa misma función— o, también, para destacar que el libro ha ganado algún premio y así no tener que imprimir una nueva tirada con esa información en la cubierta. En resumen: son un reclamo publicitario. Si algo hemos aprendido de la publicidad, es que no te puedes fiar de lo que prometen los anuncios. Las fajas son una pequeña o gran mentira. Bueno, si pone que ha ganado un premio, será verdad. Pero entonces podríamos entrar a discutir el tema de los premios literarios y la risa que provocan a veces y… eso daría para unas cuantas entradas más.

¿Qué se hace con la faja cuando te compras el libro? Las mías no salen de la librería. Es mi cariñoso regalo a mis libreros: tome usted, disfrute de ella, mire qué colores más llamativos, qué textura plastificada, qué prosa más sublime. El librero las tira a la basura según salgo de la librería. Las tira antes, si hay confianza. Si hay mucha confianza me mira mal. A lo mejor me mira mal porque le parezco poco ecologista por tirarlas, yo qué sé. Pero no soy yo quien las ha impreso. Ni quien ha planeado semejante despropósito.

Otros libreros, como Katixa, de la librería Deborahlibros en Pamplona, dan muestras de una enorme amabilidad y ponen a disposición de los lectores una cajita en la que pueden tirar las fajas. Quien dice cajita, dice un arcón. Katixa ha llegado a vomitar su odio por las fajas en esta declaración de intenciones.

También os digo que yo me imagino a Katixa danzando alrededor de la caja, con las fajas en llamas, la Noche de San Juan.

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La «cajita» de Katixa en Deborahlibros. ¡Gracias, Katixa!

Os voy a contar otro pequeño problema de vender libros con faja, que algo de experiencia tengo: Las fajas se enganchan. Sí, cuando los libros entran justitos en la balda, la faja es una especie de objeto de polaridad inversa que tiende a repeler al libro que quieres meter y al final, como no hay librera más terca, el libro entra pero… la faja se rasga. ¡Qué contrariedad! Si te das cuenta, la tiras a la basura —a la papelera de reciclaje— y todos contentos. Pero, ¿Y si no te das cuenta? Os voy a revelar un secreto: hay clientes que si la faja no está impoluta no quieren el libro. Algo que, bien mirado, puede servir como herramienta de resistencia del librero: rasguemos sutilmente las fajas de libros que consideramos deleznables.

Están también, en un universo próximo, los bibliotecarios. Ahora que lo pienso, no he visto nunca una faja en la biblioteca —tampoco soy asidua de bibliotecas, así que no me lo tengáis en cuenta si hay fajas a miles pululando por centros municipales—. Pero no me sorprende encontrarme algo así, cortesía de Cristina Fernández:

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No se han estudiado las utilidades prácticas de una faja

En fin, que las fajas literarias son el demonio. Que yo quería titular esta entrada «las putas fajas de mierda» pero me ha dado miedo que el SEO atrajera a indeseables poco aficionados a la literatura (igual son aficionados a las dos cosas). Que hay que modernizarse y usar otras técnicas de venta. U ofrecer estadísticas. Me muero por saber cómo estiman las editoriales el porcentaje de ventas inducido por las fajas. Y cuál es ese porcentaje, claro.

Postdata: como no quiero que esto les parezca a las fajas del mundo una terrible ofensa, os voy a dejar dos ejemplos de faja que sí considero aceptables, más o menos, y de las que he hablado esta semana en Instagram (seguidme en Instagram, hablo mucho de libros).

1.- La de Del Enebro, editada por Jekyll&Jill. Cumple la finalidad para la que se ha creado pero es bonita. No es cantosa. Está coordinada con el resto. Estorba lo mismo con el uso, pero no ofende a la vista.

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Las ilustraciones son de Alejandra Acosta

2.- La de El pelícano, de Edith Wharton, editado por MS Aventuras Literarias. Pero aún no me queda claro si es una faja en sentido estricto, porque no tiene objeto comercial. Y tal vez es más una sobrecubierta que se ha quedado corta. Y esconde un secreto en la parte interna.

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¿Faja o sobrecubierta?

Os doy pie a que os desahoguéis a gusto: ¿Fajas sí o fajas no? ¿Sirven para algo? ¿Qué hacéis con ellas? ¿Hay alguna faja bonita?