Un musical decepcionante

Hace algo más de un mes tuve la oportunidad de ir a Madrid, esta vez por ocio y no por trabajo. En cuanto lo supe, no tardé ni medio minuto en decir “¡Vamos a ver El Rey León!”. El musical se estrenó en Madrid hace unos dos años, más concretamente el 21 de octubre de 2011, y después de haber oído tantos elogios, loas y alabanzas y gente que ha ido dos, tres y hasta cuatro veces, pues no podía dejar de aprovechar la ocasión.

Aunque no voy al teatro tanto como me gustaría, es un arte que me entusiasma aún más que el cine. El teatro no da segundas oportunidades, no puedes borrar la mente de los espectadores como se borran los fotogramas fallidos. Todo tiene que salir bien a la primera. Siempre. Por eso admiro el trabajo de actores, músicos y bailarines sobre las tablas, del mismo modo que respeto el trabajo de los artistas circenses. Y en este musical tengo la impresión de que me han intentado engañar de principio a fin.

Para empezar, el teatro Lope de Vega no me entusiasmó. Es un espacio bastante pequeño, con hileras de butacas tan pegadas unas a las otras que apenas tienes espacio para moverte. Es imposible evitar darle una patada en la espalda a la persona sentada delante. No digamos ya en invierno, cuando todos vamos cargados con abrigos, bufandas, paraguas… La clasificación de las butacas es por lo demás dudosa (no así el precio, que varía enormemente de un asiento al otro, aunque estén prácticamente juntos, como en el caso de los anfiteatros laterales, que están a la misma altura de las butacas). Además, la sala no tiene la suficiente inclinación, así que, salvo que estés en primera fila, las posibilidades de que parte de tu campo de visión quede cubierto por cabezas son bastante altas. El precio de las entradas no encuentra justificación en el local.

Los primeros minutos de la función son sin duda lo mejor. Si hay algo por lo que sí puedo destacar El rey León sobre otros musicales, es la belleza de su impacto visual. En la primera escena, un sinfín de animales ocupan los pasillos de la zona de butacas, incluido un espectacular elefante manejado por cinco personas que hace las delicias de todos los espectadores. El vestuario es, sin ninguna duda, lo mejor de toda la representación. La forma en que han conseguido que creas estar ante jirafas, antílopes, leopardos, leones… demuestra el gran trabajo del equipo de vestuario, maquillaje y tramoyistas.

La primera decepción para mi fueron los actores, o tal vez sería mejor decir la forma en que se comportaban sobre el escenario. Los diálogos no eran tales: cada vez que uno de ellos decía algo, el resto se quedaban quietos, sin hacer nada, mirándole. No había ritmo, ni fluidez, y ese comportamiento es totalmente ajeno a una situación real. La obra es un sinfín de monólogos con actores mirando ensimismados a los focos del techo, intentando transmitir algo sin conseguirlo. No había interacción entre los personajes, como si cada uno estuviera ausente hasta que alguien le avisara de que era su momento de “soltar” una frase.

En segundo lugar, no esperéis escuchar las canciones que todos conocemos: las letras no son las mismas. La productora lo justifica diciendo que es una adaptación del libreto original del musical de Broadway y no de la película de animación, pero en mi opinión ha sido un error, porque no creo que mucha gente haya tenido la oportunidad de ver el montaje original, y sin embargo todos conocemos las canciones de la película. Intuyo que puede tener algo que ver con derechos musicales. Además, por alguna razón técnica que desconozco, no se entendía nada de las letras, al menos desde mi asiento (fila 17). No sé si debía a que el local carece de acústica, a que el volumen de la orquesta cubría por completo las voces de los cantantes… pero el texto era indescifrable en buena parte de las canciones. 

Otro aspecto que me sorprendió para mal, fue la adaptación que se hizo de Timón, el suricata. En un ridículo esfuerzo por hacerlo parecer más gracioso, se le ha “españolizado” o, mejor dicho, se le ha “flamenquizado”, de una forma que además de absurda, considero que reduce al público a un grupo de simples que se ríen sólo con oír “Olé”. Pues no, lamentándolo mucho, apenas esbocé una sola sonrisa en toda la obra. Sin embargo, soy consciente de que mucha gente reía a carcajadas, pero a mí me pareció un esfuerzo por simplificar el humor a algo muy infantil, como si el público no fuera capaz de entender (y disfrutar) un humor más inteligente.

Por último, dos puntos a destacar: el montaje es demasiado largo, algo con lo que creo que tratan de justificar el coste de las entradas, y está a años luz de conseguir la conexión emocional de la película de animación.

Así que para ver un musical recomiendo sin duda,  las representaciones de Chicago y, sobre todo, Cabaret. No se puede engañar al público así ofreciéndole un impacto visual sin ningún contenido detrás. Algo huele a podrido en Dinamarca cuando te dejan comprar palomitas en un teatro.

  • ¿Dónde?: Teatro Lope De Vega, Gran Vía 57, Madrid.
  • ¿Cuándo?: Podéis consultar aquí las sesiones disponibles.
  • Precio: Las entradas van entre los 35 y los 150 Euros.
  • Más información: podéis consultar más información en su web.