A continuación incluyo algunos párrafos extraídos de la obra de la Premio Nobel de Literatura en 2015, Svetlana Alexievich, Voces de Chernobil:

Otra bruja nos prometió acelerar la desintegración del estroncio y el cesio en 100 hectáreas. ¿De dónde salían estos personajes? Creo que los engendraba nuestro deseo de un milagro. Nuestra esperanza. Sus fotografías, sus entrevistas. Porque alguien les destinaba columnas enteras en los periódicos, les cedía las horas de máxima audiencia en la televisión. Si la fe en la razón abandona al hombre, en su alma se instala el miedo, como ocurre con los salvajes. Y aparecen los monstruos.

Y todo pasó como el Titanic; el comportamiento de la gente era absolutamente igual. La misma psicología. Yo reconocía… Incluso comparaba. Ya está perforado el casco del buque, una enorme vía de agua inunda las bodegas inferiores, tumba toneles, cajones… El agua corre. Se abre paso entre los obstáculos. En cambio, arriba siguen las lámparas encendidas. Suena la música. Sirven champán. Prosiguen las disputas familiares, se inician nuevas historias de amor… Abajo, en cambio, el agua se lleva todo por delante. Avanza por las escaleras. Penetra en los camarotes.
Las lámparas encendidas. Suena la música. Sirven champán. Nuestra mentalidad. Este es un tema aparte. En primer lugar, nosotros ponemos los sentimientos. Esto le da gran vuelo, una gran altura a nuestra vida, pero al mismo tiempo es fatal. En cambio, la opción racional siempre es para nosotros negativa. Nosotros comprobamos nuestros actos con el corazón y no con la razón.

¿Nunca ha escuchado usted las conversaciones de los niños sobre la muerte? Por ejemplo, los míos. En la séptima clase discuten y me preguntan: “¿Da miedo o no la muerte?”. Si hasta hace poco a los pequeños les interesaba de dónde venían: “¿De dónde vienen los niños?”. Ahora lo que les preocupa es qué pasará después de la bomba atómica. Han dejado de querer a los clásicos; yo les leo de memoria a Pushkin y veo que sus miradas son frías, ausentes. El vacío. A su alrededor ha surgido otro mundo. Leen ciencia ficción; esto los atrae, les gusta leer cómo el hombre se aleja de la Tierra, opera con el tiempo cósmico, vive en distintos mundos. No pueden temer a la muerte del mismo modo como la temen los mayores, como yo, por ejemplo; la muerte les preocupa como algo fantástico. Como un viaje a ninguna parte.

Por ejemplo usted escribe; pero lo que es a mí ningún libro me ha ayudado, me ha hecho entender. Ni en el teatro ni en el cine. Yo me intento aclarar sin ellos. Yo sola. Todas las penas las padecemos nosotros mismos, pero no sabemos qué hacer con ellas. Esto no puedo entenderlo con la razón.

Los hombres nunca están a la altura de los grandes acontecimientos. Siempre les superan los hechos. Mi padre luchó en la defensa de Moscú en el 42. Pero no comprendió que había participado en un gran acontecimiento hasta pasadas decenas de años. Por los libros, las películas. Él, en cambio, recordaba: “Estaba metido en la trinchera. Disparaba. Quedé enterrado por una explosión. Los enfermeros me sacaron de allí medio vivo”. Y nada más.

En la propia zona sorprendió la indiferencia con la que se hablaba de Chernóbil. En una aldea muerta nos encontramos a un viejo. El hombre vivía solo. Y le preguntamos: “¿No tiene usted miedo?”. Y él va y nos dice: “¿Miedo de qué?”. Porque uno no puede vivir todo el tiempo con el miedo en el cuerpo; el hombre no puede; pasa cierto tiempo y empieza una vida normal y corriente. Normal… Y corriente.

¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar; así es como podemos definir hoy nuestro estado de entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos; aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de la conmoción. Y yo estaba buscando a esa persona conmocionada.

Pero he viajado a la zona de Chernóbil. Ya había estado muchas veces. Y allí he comprendido que me veo impotente. Que no comprendo. Y me estoy destruyendo con esta incapacidad de comprender. Porque no reconozco este mundo, un mundo en el que todo ha cambiado. Hasta el mal es distinto. El pasado ya no me protege. No me tranquiliza. Ya no hay respuestas en el pasado. Antes siempre las había, pero hoy no las hay. A mí me destruye el futuro, no el pasado.