“Por fuerza tenían que preguntarse qué hacía un tipo como yo recorriendo los oscuros laberintos en los que se extraviaba Michel los últimos meses. El chico bien vestido que acompaña al obrero borracho Michel. Que se folla al borracho Michel. Que seguramente le paga porque es un rico vicioso que se excita con los marginados. Los hay. Olisquean en los túneles del metro, en los muelles del río. Buena parte del santoral católico se nutre de ese tipo de pervertidos. Que te excite la pobreza ajena, descubrir un rescoldo de la energía subyacente donde se ha consumado la derrota y querer sorberlo, apropiarse de ese fulgor: una caridad corrompida.”

“Cuando, tendido en la cama del hospital, alargaba la mano para tocarme y me miraba con ansia, aún me parecía descubrir en él la descabellada aspiración que leemos en los cuentos de terror, en las novelas románticas y en las fantasmagorías que les gustaban a los surrealistas: deseo de amor que perdura más allá de la muerte”.

“Ni siquiera he acudido por piedad: si ha habido algún sentimiento en mi durante esas visitas no ha tenido que ver ni con la piedad, ni con el amor, seguramente ha sido más bien cumplimiento del pacto que inauguran ciertas palabras que consideramos sagradas –amor es una de ellas– cuando se pronuncian: dije año y pico antes la palabra amar (dije je t’aime, en lo de amar sobran los adverbios, ni poco ni mucho, se ama o no se ama, mal que le pese a su amiga Jeanine, que pone en duda mi capacidad para querer), y ahora, cuando ese sentimiento ya no existía, afrontaba las consecuencias”.

“La alegría de los primeros meses abriéndose paso entre la pegajosa telaraña de los recuerdos que llegan luego. La distancia que suaviza y convierte el pasado en engañoso caramelo.”

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