Estas citas han sido extraídas del ensayo El fantasma en el libro, de Javier Calvo, editado por Seix Barral.

Sería absurdo no reconocer que, a menudo, los traductores hemos abusado de esos privilegios. Hemos embellecido indebidamente. Hemos “adaptado” el texto según nos convenía. Hemos hecho pasar textos nuestros por traducciones y hemos cambiado los originales hasta dejarlos irreconocibles. También hemos usado nuestro poder idiomático para ayudara sublevaciones, promover revueltas o bien sofocarlas y ayudar a los poderosos. Hemos censurado. Nos hemos casado con el poder. Hemos cometido fechorías de todo tipo. La figura del poltergeist puede incluso quedarse corta para representar nuestro mal comportamiento.

El resultado es una forma global de ignorancia que compartimos prácticamente todos. Y ya no es solamente que nos estemos perdiendo una gran variedad de experiencias culturales y literarias para acabar leyendo siempre a los mismos. Hay más consecuencias, como sabemos. Si consideramos el ámbito anglosajón como el centro de los flujos culturales actuales, y el resto del mundo como la periferia, entre uno y otro se dan toda una serie de asimetrías que van más allá de lo meramente cuantitativo.

Lo paradójico del caso es que la imitación lingüística global del inglés no necesita imponerse, a diferencia de otros actos de imperialismo. No hace falta: los hablantes de los demás idiomas la llevamos a cabo de forma voluntaria.

La segunda mitad de la década de 1980 vio el inicio de una etapa de concentración editorial que básicamente culminaría quince años más tarde con el noventa por ciento del mercado editorial concentrado en dos grandes grupos empresariales. Dentro de estas grandes empresas, se consolidaría el criterio de la eficiencia económica del libro por encima del valor literario (con reductos dentro de los grupos, eso sí, para publicar literatura “de calidad”. En la elaboración de los catálogos ganarían mucho peso los departamentos comercial y de marketing. En el campo de la narrativa traducida, a partir de los ochenta se acentúa mucho más la dependencia de la literatura norteamericana, en espacial del llamado best seller.

Como idioma, el “español de las traducciones” es distinto del español literario, de las variantes regionales peninsulares, de los distintos españoles de Hispanoamérica y de sus formas orales y coloquiales. Ha existido desde hace mucho tiempo, eso está claro. Es el idioma al que Julio Cortázar llamaba mordazmente “traductese” en su libro La vuelta al mundo en ochenta mundos, cuando apelaba a abandonar “las inopias y facilidades” y “otras momias de vendaje hispánico” en beneficio de un idioma para las traducciones que “sepa inventar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar, que sepa matar a diestra y siniestra”.

Aquí reside la gran ironía de intentar imponer un “español estándar” o “neutro” en las traducciones. Que fracasa en absolutamente todos los frentes. En primer lugar, porque destruye una parte importante del contenido del original, que son los elementos de oralidad o regionalidad. En segundo lugar, porque crea una versión neutralizada y por tanto empobrecida del español. Y en tercer lugar, porque a pesar de intentar construir una especie de “español para todos los públicos”, lo que acaba haciendo es imponer a una parte enorme de los lectores una versión ajena a su idioma. Lo cual tiene obviamente bastantes ecos imperialistas.

Muchos actores del sector editorial (y también muchos lectores) ya son conscientes de que la traducción literaria es una actividad crucial dentro del mundo de la literatura, y que su perjuicio irá en detrimento de todos. La mayoría de los editores saben esto, y saben lo importante que es proteger a los traductores. Salta a la vista que en el mundo actual, escritores, traductores y editores tenemos los mismos problemas (poco dinero, pocos lectores, una sociedad que parece estar abandonando la literatura como forma de consumo cultural).
Así pues, tiene sentido también que trabajemos juntos para solucionarlos, en vez de culpar como se ha hecho a veces a los lectores. Ofrecer mejores catálogos, mejores traducciones y mejores novelas —y no solamente mayores dividendos a los accionistas de las empresas— me parece una buena estrategia en común para seducir al público.

En este sentido, los fantraductores no son muy distintos de los autores que se autopublican en Amazon sin pasar por el filtro de los agentes, las editoriales y el mercado. Son la máxima expresión de la generación democrática de cultura, donde cada usuario/consumidor puede ser también —y por consiguiente, es— productor de contenidos. No de arte. No de literatura. De contenidos.

Y sin embargo, par mí es evidente que el traductor literario es un escritor. Es una de las lecciones que he aprendido de mi vida entre traductores. Puede que pase toda su vida sin publicar libros bajo su nombre, pero aun así lo es. Y esto es porque la traducción es una modalidad propia de creación literaria: lo que yo he llamado en este libro la escritura invisible o fantasmal.