A continuación podrás encontrar algunos párrafos que me han parecido interesantes o que me han llamado la atención de la novela Tres reinas crueles, de Isaac Belmar:

Sólo nos acordamos de lo buena que es la ausencia de dolor cuando estamos enfermos o nos pasa algo. En serio, es la mejor de las felicidades a la que podemos aspirar.

Lo que más me aterró aquella mañana fue ver una vida normal ante mí, que las cosas fueran a ser siempre así, no terribles, sino normales.

Por entonces no estaba muy seguro de que me importara, los inocentes salen heridos todo el rato, es la forma que tiene la vida de hacer sus cosas.

En serio, en el norte no hay más que lluvia y aburrimiento, yo vengo de allí. ¿Tú sabes que hacen en el norte? Leer. Es lo único que se puede hacer allí, leer y deprimirse.
[…] —Bueno, leer es vivir dos veces.
Sara dejó escapar una exhalación, medio risita y medio desdén.
—O esquivar la vida.
—¿Cómo puedes decir eso?
—¿Por qué no puedo decirlo? Es verdad. Lo que pasa es que nadie puede hablar mal de leer, leer es maravilloso, leer es mejor que follar. Pues no lo es, vaya idiotez. ¿En qué mundo lo es? —Sara gesticuló con sus manos de uñas rojas—. Leer no es mejor que follar ni que vivir. Además, muchos libros son una mierda, pierdes el tiempo con ellos igual que con muchas personas, intentando convencerte de que al final sacarás algo bueno. Y la mayoría de veces no es así. Con ninguna de esas dos cosas.
—¿Qué te ha dado ahora? Si tú misma siempre estás con un libro en la mano. Cada noche te sientas en la cama y lees, cada rato que tienes, abres un libro y lees, te paras en los escaparates de cualquier librería y entras y sales con algo nuevo.
—Sí, pero yo leo después de vivir y de follar. —Sacó su móvil del bolso un segundo, lo miró, tecleó algo y lo guardó—. Hay que leer para descansar de la vida, no para buscarse otra.

¡Qué maravilloso es el camino! Puto Kerouac, a cuántos jodiste. […] Pero si apenas leo, joder, qué coño digo de Kerouac, pero si no me acabé ninguno de sus libros. Decía que sí y los ojeaba por encima para tirarme a esas culturetas menudas con gafas grandes.

En escribir había una manera de comunicar que nunca sería igual que hablarlo. Si algo estaba bien escrito, y Gabriel le daba mil vueltas para que fuera así, nada de lo que decías sonaba ridículo, podías poner todas esas cosas importantes y ñoñas que jamás quedan bien en voz alta.