Este libro es una biografía de David Foster Wallace y las citas que aquí incluyo son, en su mayoría, del escritor:

«Creo que, en parte, la razón por la que LADW se me hace tan difícil ahora mismo es porque me siento muy Kate-esco», escribió Wallace a Steven Moore un mes de después de llegar a a Granada House, aludiendo a que él seguía luchando por componer una película cuando lo único que conseguía obtener de su mente recién sobria eran instantáneas.

Los detalles del problema resultan a la vez bochornosos para mi y aburridos para cualquier otra persona. Siempre he despreciado a la gente que se dedica a lloriquear y a lamentarase de lo «difícil» que es escribir y de que el «bloqueo» es una amenaza constante y acechante. Cuando descubrí la escritura en 1983, descubrí algo que me proporcionaba una combinación de plenitud (moral/ estética/ existencial/ etc.) y placer casi genital que me hubiera atrevido a esperar de ninguna otra cosa.

La afirmación de que la televisión promovía la pasividad no era nueva —[…]—, pero para Wallace los cargos no eran sólo teóricos, el asunto era algo personal, crucial. La meliflua predictibilidad de la televisión le subyugaba de una manera extraña y durante sus periodos de crisis parecía estar casi literalmente pegado al televisor. Sus alumnos le hicieron tener la sensación de que el problema era peor de lo que había imaginado. Eran parte de la generación Letterman que él había imaginado en «Mi aparición», una generación que estaba orgullosa de su suficiencia. «Son todos máster en “televisión”, sea lo que sea eso», se lamentó ante Markson […] «La mayoría […] no desean leer nada más difícil que los titulares de noticias escritos en las tarjetas de los presentadores».

Bajo el nuevo gobierno de la diversión, la escritura literaria se convierte en una forma de profundizar en ti mismo y de arrojar luz precisamente sobre las cosas que no quieres ver o dejar que los demás vean, y resulta que esas cosas (paradójicamente) son justo las cosas que todos los escritores y los lectores comparten y a las que son sensibles, que sienten. La literatura se convierte en un modo extraño de contemplarte a ti mismo y de decirte la verdad en lugar de ser un modo de escapar de ti mismo o de mostrarte de un modo que crees que maximizará tu potencial de gustar.

Este problema era más difícil de resolver para Wallace, porque el libro frustraba sistemática y deliberadamente las expectativas del lector. Si la realidad estaba fragmentada, su libro también debía estarlo. Esto tenía que ver igualmente con la insistencia de Wallace en que el relato no resultara tan entretenido que re-creara la misma afección de la que estaba haciendo el diagnóstico. No debía enganchar con demasiada facilidad a los lectores, no debía permitirles caer en el equivalente literario a la «expectación». La broma infinita tenía que ser, y así la subtituló, «un entretenimiento fallido».

Él podía hacer lo mismo con el dolor dextral: aguantar. Ningún instante particular era insoportable. He aquí un nuevo segundo: lo aguantó. Lo que era imposible de gestionar era la idea de todos los futuros minutos en una interminable fila india, centelleando. Y el proyectado futuro miedo. […] Era demasiado para pensarlo. Par aguantar. Pero nada de eso es ahora real de verdad. […] Podía simplemente encogerse en el espacio entre cada latido de su corazón y hacer de cada latido una muralla y quedarse a vivir ahí. Sin levantar la cabeza. Lo inaguantable es en lo que su cabeza podía convertir todo ello. […] Pero él puede optar por no escuchar.