Todo se les antojaba viejo y raído; todo se repetía, todo sucedía siempre de la misma manera; la nueva generación se abría paso desafiante, sin prestar la más mínima atención a los logros de la anterior; sí, y lo más terrible era que los jóvenes descubrían las mismas cosas que nosotros habíamos descubierto y, peor aún, exhibían sus viejas novedades como si nadie antes hubiera barruntado nada.

Y así fue como nos dimos cuenta de que ya nadie hablaba del futuro, solo del pasado, por la sencilla razón de que nos encontrábamos ya en ese futuro que habíamos soñado, y habíamos perdido la capacidad de imaginar otro.

Y si finalmente íbamos al grano y se planteaban las grandes preguntas, solía ocurrir que uno hablaba por turno, mientras que el otro, con los ojos gachos, aguardaba el momento de la réplica para luego dedicar un buen rato a soltar su propia perorata, que no respondía al parlamento anterior y era un puro non sequitur.

Creo que estar solo es mi destino, lo mejor para mí. Así quiero pensarlo, pues en caso contrario todo sería demasiado inaceptable. Pero en la soledad, a veces mi cabeza se sobrecarga y amenaza con estallar. Por eso, uno debe observarse. Intento mantener el equilibro entre lo que sale y lo que entra; tengo que hacer todos los días un esfuerzo de exteriorización, escribiendo; y una recepción de cosas nuevas, leyendo. Si me paso todo el día escribiendo, al atardecer siento un vacío de perplejidad; me quedo con la impresión de que no tengo ya nada que decir y estoy agotado. Y cuando estoy todo el día leyendo, me siento tan lleno como si fuera a estallar.

Sin embargo, cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las disarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis divrsos objetivos.

Delante del hijo, uno intentaba mostrar solo su lado bueno y así fue como proyectó lo mejor de sí mismo en la maleable sonrisa del niño, que por ello mismo uno amaba como una edición mejorada de sí mismo. Ahora toca volver a verla, desfigurada, pues un muchacho adolescente es algo feo, con su falta de proporción en los rasgos, con esa terrible mezcla de vida sobrehumana del niño y la vida animal que despierta en el joven, con indicios de pasiones e ímpetus, miedo a lo desconocido, arrepentimiento de lo ya probado; y esa continua e ingobernable burla contra todo, ese odio hacia todo lo que está por encima y oprime, en consecuencia, odio contra los mayores, contra los mejor situados; desconfianza hacia la vida en su conjunto, que acaba de transformar un niño inofensivo en un ser humano depredador.

Se despidió a lo gentleman, pero cuando pude verle por detrás, contemplando sus hombros caídos y sus piernas arrastradas, casi sentí miedo por él, pues pertencía a la clase de personas que parecen compuestas por dos mitades que no casan.

Allí estaba yo sentado, con todo a mis espaldas: ¡todo, todo, todo! ¡La lucha, la victoria, la derrota! Todo lo más amargo y lo más dulce de la vida. Y entonces, ¿qué? ¿Estaba cansado y viejo? No, la lucha continuaba, con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante! Pero, mientras que antes solo había tenido enemigos delante de mí, ahora los tenía delante y detrás.