Párrafos extraídos de la autobiografía de Amanda Palmer: The art of asking (El arte de pedir):

En todo el mundo, siempre he visto y oído el rumor de las manos femeninas entre mochilas y bolsos hasta el momento triunfal en que una desconocida saca un tampón con una sonrisa amable. Nunca se intercambia dinero. La interpretación tácita universal es:
Hoy soy yo la que lo necesita; mañana serás tú.
Hay un círculo del tampón,constante y kármico. Y he descubierto que también existe con los pañuelos de papel, los cigarrillos y los bolígrafos.

Los artistas conectan los puntos; no hace falta que interpretemos las líneas entre ellos. Solo las trazamos y después regalamos las conexiones al mundo, que las toma o las deja. Ese ES el acto artístico, y lo hace cada día mucha gente a la que ni se le pasa por la cabeza presentarse como artista.

La gente que se dedica al arte entabla a diario un combate callejero con la Policía Antifraude, porque buena parte de nuestro trabajo es nuevo y no resulta de fácil catalogación. Cuando eres artista, no hay nadie que te lo comunique ni que te dé en la cabeza con tu propia varita hecha a mano. Y te sientes un imbécil cuando lo haces.
No hay un “Camino correcto” para convertirse en un artista de verdad. Uno puede pensar que ganará legitimidad si va a una escuela de arte, si publica o si firma un contrato con una discográfica. En realidad son chorradas y todo es una cuestión mental. Uno es artista si dice que lo es. Y es un buen artista si consigue que alguien experimente o sienta algo profundo o inesperado.

Ahora me doy cuenta de que me sentía perpetuamente culpable por haber decidido ser artista. En su momento no lo entendí; me limitaba a sufrir una tortura interior constante, atraída hacia una vida dedicada al arte y al mismo tiempo sintiéndome ridícula por haber elegido ese camino. La Policía Antifraude me vigiló sin descanso en mis veintitantos; las voces fastidiosas hervían bajo la superficie y me atormentaban el subconsciente en una espiral interminable y estridente:
¿Cúando vas a madurar, conseguir un trabajo de verdad y dejar de hacer el gilipollas por ahí?

Se trata de nuevas formas de mecenazgo y es un lío: los artistas y los mecenas se inventan las reglas sobre la marcha. Sin embargo, recurran estos artistas al crowdfunding (“¡Adelántame algo de dinero para que pueda Hacer una Cosa!”), a servicios de suscripción (“¡Págame algo de dinero cada mes para que pueda Hacer Cosas!”) o a servicios de pago por nuevos contenidos (“¡Págame algo de dinero cada vez que Hago Cosas!”), el componente básico de todas estas relaciones se reducen a un solo elemento: la confianza.

No es el acto de aceptar lo que resulta difícil, sino más bien el miedo a qué van a pensar los demás cuando nos vean enfrascados en un manuscrito sobre la pura trascendencia de la naturaleza y la importancia de la independencia y la simplicidad… mientras mordemos la rosquilla que nos ha dado otra persona.
Quizá volvemos al mismo tema: no pensamos que lo que hacemos tenga la suficiente importancia como para merecer ayuda y amor.

Lo que empezó a calmar las voces y dificultar el trabajo profundamente arraigado de machaque psicológico de la Policía Antifraude fue lo siguiente: después de cientos de sesiones de autógrafos y de hablar con miles de fans, empecé a creer que lo que yo hacía era tan útil como lo que hacían ellos.

Cualquier cosa que se inspirara en la banda se colgaba en la página web y se celebraba, y cuando los vídeos llegaron a Internet y YouTube estalló, los fans empezaron a grabar sus propios videoclips paralelos a partir de nuestras canciones. Algunos artistas perseguían y castigaban los contenidos de este tipo, ya que los fans no tienen derechos sobre esa música.
Nosotros no solo lo permitíamos, sino que lo alentábamos.

No podía delegarlo. Podía contratar ayuda, pero no para hacer las cosas fundamentales que crean las conexiones emocionales: producir arte y sentirme cerca de los demás desde un punto de vista humano. Nadie puede hacer ese trabajo en mi lugar, ninguna compañía de internet, mánager ni ayudantes. Tenía que ser yo.
Eso es lo que hago todo el día en Twitter, en Facebook, en Tumblr, en Instagram y en el blog. La plataforma es lo de menos: yo voy donde está la gente. Lo que me importa es absorber, escuchar, hablar, conectar, ayudar y compartir. Siempre. En un momento dado, la red se vuelve tan fuerte que la puedo dejar durante unos pocos días —quizá semanas— y sigue tejiéndose y reforzándose. Sin embargo, no puedo dejarla durante mucho tiempo.

Tenemos una relación muy jodida con los artistas.
Si bien de un lado aplaudimos sus obras de arte, impresionantes y capaces de cambiarnos la vida, a la vez los contemplamos con suspicacia, menosprecio y otros sentimientos del tipo BÚSCATE UN TRABAJO. Fijémonos en los medios de comunicación: lo mismo deificamos a los artistas que los demonizamos.

“Dejad de autopromocionaros. ¿No os da vergüenza?”. Frases como estas hurgan en las emociones a las que se enfrentan la mayoría de los artistas. Ese miedo a que te llamen desvergonzado es lo que hace que nos lo pensemos dos veces antes de compartir nuestra obra con QUIEN SEA.
Ningún arte y ningún artista existen en el vacío.

La tinta que fluía a las páginas en blanco era lo que me sostenía, mi gota a gota, mi única escapatoria para no derrumbarme. En ese momento entendí algo sobre mi marido escritor que hasta entonces no había sido capaz de comprender. Vislumbré el acto de escribir como una escapatoria directa y muy eficaz del dolor.

La industria del entretenimiento, y el mundo en general, se han obsesionado con la pregunta equivocada: ¿cómo HACEMOS que la gente pague por los contenidos? ¿Y si empezamos a enfocarlo al revés?: ¿cómo PERMITIMOS que la gente pague por los contenidos?
La primera pregunta tiene que ver con la FUERZA.
La segunda tiene que ver con la CONFIANZA