“Maribel acaba de tener una niña. Pili está esperando el segundo. Veo las fotos de hace unos años. Esas caras de diversión. Esa gente achispada que éramos. Nos íbamos a comer el mundo. Pero ya se acabó la juerga para ellas. Ahora tocan los biberones, los pañales, dejar el trabajo y dedicarse a “sus labores”. Y lo peor es que, más que con resignación, parecen aceptarlo con alegría. Me niego a eso. Ya no estoy cómoda entre ellas. Las últimas veces que nos vimos no paraban de hablar de los niños y de las cosas de sus maridos. Era como si exhibieran trofeos. No se dan cuenta de que se trata de todo lo contrario, porque ellas son las perdedoras. Pablo y Antonio ya no son dos amigos más, sino algo parecido a amos. Eso hace que me resulten antipáticos. Cuando Pili, el otro día, me preguntó cuándo me animaría yo, “antes de que se me pase el arroz”, le solté que a mí el arroz me gusta muy hecho y que tenía cosas más importantes que hacer que cambiar pañales. Supongo que estuve muy desagradable, pero me da igual. Ya resulta muy difícil mantener esas amistades. A ellas les doy pena yo y ellas me dan lástima a mí. Solo que en la lástima que siento yo hay un poco de repugnancia.”

“Un hecho interesante que Ascanio fue notando: a medida que aumentaban en los diarios los comentarios sobre su trabajo de escritora clandestina, iban disminuyendo las referencias a sus encuentros sexuales. Finalmente, hubo un tal R a finales de 1968 y luego Celia dejó de hablar de hombres, porque, sencillamente, dejó de verse con hombres, como si su centro de interés se hubiera desplazado completamente, como si la promiscuidad hubiera sido una vía de escape a una pasión inencauzable, como si la escritura hubiese sustituido completamente al sexo. O, mejor pensado, como si el sexo no hubiese sido más que una especie de sucedáneo de la escritura.”

“La editorial D’Alembert comenzó a tener dificultades y a editar cada vez menos bolsilibros. La televisión y el vídeo fueron reemplazando como formato de atontamiento ocioso a los transistores y a aquellas novelitas escritas por espectros. […] Ned Blackbird no encajaba en todo aquello. Celia probó enviando algunos manuscritos más. Incluso intentó reciclarse para la literatura infantil. […] Como el mundo de la edición le daba la espalda, se centró en el universo de la escritura. Y en 1991 decidió concentrar sus esfuerzos en aquella novela seria que siempre había pretendido escribir, pero con resultados tan infructuosos como los anteriores. No acababa de decidirse por un argumento, por unos personajes, por un estilo. El manuscrito no avanzaba. Sus titubeos equivalían a un fracaso.”

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