Nos consolábamos como podíamos escuchando. ¿Está feo? No lo creo. Lo que está feo es que en este mundo no baste ser tierno y ingenioso para que te reciban con los brazos abiertos.

Hablábamos mucho para ocultarnos que nos aburríamos un poco y que no nos bastábamos del todo el uno al otro.

Qué pronto se cansaba de caminar. Aquella lenta marcha una marcha fúnebre, el comienzo de su muerte.

Otro remordimiento es que se me antojaba como lo más natural el tener una madre viva. No calibraba lo suficiente lo preciosas, lo efímeras que eran sus idas y venidas por mi piso.

Ahora, se acabó, para siempre silenciosa. Silencio obcecado, obstinada sordera, terrible insensibilidad de los muertos. ¿Sois felices al menos, bienamados, felices de haberos zafado por fin de esos perversos vivos?

Cómo me gustaría poder sacar –[…]–, sacar mi cerebro que su caja, sacar mi corazón demasiado palpitante, […], sacarme el cerebro y el corazón y sumergir a esos dos pobres millonarios en soluciones refrescantes mientras yo duermo como ese niño que nunca más seré.

¿Qué me queda por amar ahora, con ese mismo amor seguro de no quedar defraudado? Una pluma, un mechero, mi gata.

Quiero que esté aquí y me diga, como antaño, que no escriba demasiado, “que escribir tanto es malo para la cabeza y ha habido eruditos, ¿no lo sabes, hijo mío?, que han enloquecido de tanto pensar, y estoy tranquila cuando duermes, porque al menos lo piensas cuando duermes”.

Pero sigo escribiendo como si fuese inmortal, con tanto interés y esmero, cual mecánico que siguiese soldando concienzudamente el barco que naufraga.

[…], vagamente mirando a esos jóvenes y maquillados futuros cadáveres hembras que ríen con sus dientes, anuncio y comienzo de su esqueleto, que muestran sus treinta y dos trocitos de esqueleto y que se tronchan de risa como si no hubieran de morir.

Hoy, estoy loco de muerte, me cierne la muerte, y esas rosas en mi mesa que me embriagan mientras escribo, espantosamente vivo, esas rosas son pedazos de cadáveres, obligadas a vivir tres días metidas en agua, y a la gente le gusta eso, esa agonía, y compran cadáveres de flores y las muchachas se ceban con ellas. ¡Fuera de mi vista, rosas muertas!

Y eso que la quería. Pero era un hijo. Los hijos no saben que sus madres son mortales.

Entonces, ¿dónde está el amor? Los matrimonios que comienzan con amor son de mal augurio. Esos grandes enamorados de las historias que se leen me pregunto yo si seguían amando a su poetisa de estar enfermísima y siempre en la cama, y que estuviese obligado el hombre a prodigarle los cuidados que se prodigan a las criaturas, vaya, ya me entiendes, cuidados desagradables. Bueno, pues yo creo que dejaría de quererla. Verás, el auténtico amor es la costumbre, es envejecer juntos.

Y tú, mi único amigo, tú, a quien contemplo en el espejo, contén esos secos sollozos y, ya que quieres atreverte a hacerlo, habla de tu madre muerta con falso corazón de bronce, habla tranquilamente, estar tranquilo, quién sabe, acaso todo será acostumbrarse.