Hace unos meses, la revista Yorokobu publicaba un artículo de Mar Abad acompañado por el siguiente vídeo en el que Buba Viedma, de Mentecalar Studio, ilustraba, de forma gráfica, las rutinas que seguía el escritor Ernest Hemingway:

El Premio Nobel de Literatura y periodista Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899 – 1961), es considerado uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX, dejando una huella con su obra que perdura hasta nuestros días. Hemingway escribió buena parte de su obra entre los años 1920 y 1955. Ganó el premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar, posiblemente su obra más conocida, y el Premio Nobel en 1954 por toda su trayectoria. En este enlace podréis echar un vistazo al listado de su extensa bibliografía.

No en vano, en la red podréis encontrar decenas, cientos incluso, de artículos relacionados con sus hábitos de escritura. Hemingway se destacaba por una rutina que parece rayana en lo obsesivo, pero que, un siglo antes de que se desatara la obsesión por la creación de hábitos —y de que prestásemos tanta atención a algo que siempre se ha hecho, de forma más o menos natural—trae a colación muchos de los puntos con los que hoy en día trabajamos.

De entre los aspectos que se mencionan, me he fijado en tres que me gustaría resaltar.

Hemingway y el Standing Desk

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De entre los puntos que se mencionan, uno de los que más me ha llamado la atención es la costumbre de escribir de pie, tal vez porque estoy reorganizando mi espacio de trabajo en casa. Hace algo más de un año que se pusieron de moda los Standing Desk (escritorios de pie), basados en estudios como este y este, que defienden que pasar sentados largos periodos de tiempo puede incrementar la probabilidad de enfermedades cardiovasculares, diabetes, obesidad e incluso ataques cardíacos. Es por esto que se recomienda tomar pausas cada cierto tiempo, levantarse del escritorio, ir al baño o a por agua, mirar por la ventana o estirar los músculos.

Sin embargo, no todos los estudios encuentran pruebas tan claras de esta correlación, como este otro. Es más, también hay voces disconformes respecto a trabajar de pie, que hablan de un incremento de riesgo de arterioescleriosis, una mayor carga en el sistema circulatorio y mayor riesgo de varices. Además, trabajar de pie no implica estar quietos como estatuas, sino que hay que ir moviéndose cada cierto tiempo, desplazar el peso de una pierna a la otra…

Mi experiencia trabajando de pie no es demasiado buena y, en lugar de experimentar ese “plus de energía” del que hablan estos estudios, la verdad es que acababa con calambres en las piernas, así que no me resulta una opción recomendable para una jornada completa. Pero tal vez podría resultar interesante ir intercambiando esta postura con otros tiempos sentada.

De todas formas, aquí os dejo otro post de Librópatas en el que hablan de diez escritores que trabajaban de pie.

Cronotipos: encuentra tus momentos más productivos

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Otro de los puntos interesantes que se mencionan es que Hemingway no era amigo de trabajar durante la noche, descartando las ideas que surgían a esas horas como basura.

Esto está muy relacionado con los cronotipos, que definen tres tipos de personas:

  • El matutino o madrugador, aquellas personas cuyas funciones cognitivas son máximas por la mañana y disminuyen a medida que pasan las horas, razón por la que suelen acostarse temprano y madrugar. Estas personas se conocen como alondras.
  • El vespertino o trasnochador, al que le cuesta mucho realizar tareas que impliquen una función cognitiva superior por la mañana, pero parecen reaccionar por la tarde-noche, razón por la que tienden a acostarse tarde y levantarse también tarde. Estas personas se conocen como búhos.
  • El grupo intermedio, alrededor del 50% de la población, que no llegan a ninguno de los extremos de los otros dos grupos. Estas personas son las llamadas colibríes.

En mi caso, me considero colibrí. Me cuesta mucho arrancar a primera hora y prefiero dedicar mi atención a tareas no muy exigentes, hasta “entrar en calor”. Mis horas de máxima atención y productividad van en el intervalo entre las once de la mañana y las tres del mediodía.

¿Por qué es esto importante? Conocer cómo funciona vuestro cuerpo es fundamental para planificar las tareas más exigentes en el momento óptimo. Hemingway descartaba escribir por la noche, aunque tal vez dedicase esas horas a leer o a revisar lo ya escrito. Lo normal es disponer de un pico de actividad en torno a las dos horas diarias. Si sabes adaptarte a tus necesidades biológicas, podrás aprovechar  tus ritmos circadianos correctamente, en lugar de ir en contra de la naturaleza de vuestro cuerpo, lo que será contraproducente y os obligará a consumir mucha energía.

¿Cómo saber cuáles son vuestras mejores horas? Lo mejor es que hagáis un mapa de energía. Llevará cierto tiempo, pero las conclusiones a las que llegaréis os ayudaran a organizar vuestro tiempo y hacer la mayor cantidad de tareas de la forma más eficiente.

Para hacer un mapa de energía, cread una tabla, ya sea en una hoja de cálculo o en un papel, que tenga siete columnas, una para cada día de la semana, y filas para incrementos de quince minutos. Según avance el día, debéis apuntar en cada casilla la tarea que estáis haciendo y, del 1 al 10, cuánta energía tenéis y el nivel de desempeño. Después de unas semanas podréis sacar conclusiones sobre las mejores horas para trabajar, fijándoos en qué casillas tienen los valores más altos.

Fijarse objetivos manejables.

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A la hora de implantar una rutina, es muy importante que no tratéis de abarcar demasiado de una sola vez. Algo que me ha llamado mucho la atención es que Hemingway escribía unas 500 palabras al día. Es una cantidad bastante pequeña (esta entrada tendrá algo más del doble después de la revisión y tampoco me ha llevado un tiempo excesivo) y, sin embargo, su producción literaria es enorme. Esto apoya que es más importante ser constante e ir dando pequeños pasos hacia vuestros objetivos que intentar abarcar todo de una vez.

No entraré demasiado en el tema, porque estoy segura de que lo trataremos una y otra vez a lo largo del tiempo, pero recordad que más vale escribir diez palabras todos los días e ir aumentando poco a poco que intentar escribir un relato de tres mil palabra de una sentada.

¿Has puesto en práctica alguno de estos consejos? ¿Te ha funcionado? Tienes los comentarios a tu disposición para cualquier cosa que quieras aportar.