Plantearse un proyecto grande de escritura asusta. Mucho. A mí me asusta. Me entran ganas de abandonar antes de empezar. Una voz muy desagradable —¿os acordáis de la policía antifraude?— me dice que para qué ponerme a ello si seguro que no voy a terminarlo.

Este post tendría que haberlo publicado hace unos días, pero he tenido una semana complicada y en el momento en que lo escribo no es aún ni un boceto. Así que la voz viene a decirme que lo deje, que no pasa nada, que nadie se va a dar cuenta y que mejor me voy a dar una vuelta aprovechando que hace un día magnífico.  Si mi mente quiere encontrar una forma de procrastinar, lo va a conseguir. Otra cosa es que me deje engañar.

No importa si te enfrentas a una novela, a un ensayo, a un artículo, a una entrada o a un trabajo académico: en muchas ocasiones la procrastinación va a estar ahí incomodando. Pero hay formas de superar este escollo y llegar a completar lo que realmente quieres hacer. Además, te voy a dar una buena noticia: cuantas más veces logres acallar ese ogro que en ocasiones es tu mente, más fácil te resultará en los siguientes proyectos a los que te enfrentes.

  1. Define el proyecto

Para llevar a buen término un proyecto —no necesariamente de escritura, por cierto, aunque aquí nos centremos en eso—, lo primero es pensar en qué quiero contar. ¿De qué voy a hablar? ¿Cómo voy a enfocarlo?  ¿Qué quiero compartir con otras personas? ¿Les va a resultar interesante? (Esto último puede no ser relevante). No siempre vas a necesitar tenerlo todo descrito al detalle —lo de planificar tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y uno de los últimos es que siempre, siempre, sucede algo que te va a obligar a cambiar cosas—, pero al menos ten una idea aproximada del camino que quieres seguir.

Piensa también en las dudas que te surgen y que te impiden encarar la escritura: ¿Voy a ser capaz de hacerlo? ¿Qué me bloquea? ¿Tengo miedo de fracasar? Aunque no es tan fácil como parece, racionaliza esos miedos. Uno de los más frecuentes al empezar un blog es el qué dirán los demás. ¿Te cuento un secreto? Al principio no te lee nadie. O casi nadie. Es un momento genial para probar cosas, para ensayar diferentes tonos o enfoques. Nadie se dará cuenta de que una semana has hablado de moda y la siguiente de un centro de filología. Más tarde, cuando consigues crear una audiencia, por grande o pequeña que esta pueda ser, hacer cambios tiene más consecuencias.

Analiza qué podrías necesitar más adelante, qué obstáculos pueden surgir… y piensa en cómo salvarlos.

2. Toma notas

Después de pensar en ello, es el momento de arrancar a tomar notas. Al principio no te agobies por organizarlas, solo anota todo lo que te parezca importante en relación al proyecto. Apunta cosas en papeles sueltos, en cuadernos o en el ordenador. Si ningún tipo de orden. Deja que las ideas salgan. Ya tendrás tiempo de organizarlas más tarde.

Estos dos primeros pasos pueden llevarte minutos o varios días, en función del tipo de proyecto. Piensa en ello con calma.

3. Comprométete

Este es un paso complicado. Justo hace unos días Isaac Belmar escribía en su blog sobre la utilidad o inutilidad de contar a la gente lo que estás haciendo para cumplir con tus propósitos (Te recomiendo que le eches un vistazo, puedes leerlo aquí). En general, estoy bastante de acuerdo con su planeamiento: lo importante no es tanto que proclames al viento que vas a hacer algo, sino las consecuencias reales a las que te enfrentarías en caso no hacerlo.

En mi caso, no me funciona comprometerme ante mi pareja, que es muy indulgente si no cumplo y, a veces, a diferencia de lo que comenta Isaac, tampoco me funciona con jefes o clientes, si no estoy realmente interesada en el proyecto y supone una diferencia para mí (Ojo, eso no significa que no cumpla con mi trabajo; es solo que lo dejo “para el final”). Es decir, que habría que tener en cuenta varios factores:

  • El interés que tengas en ese proyecto.
  • Ante quien te comprometes a cumplirlo.
  • Las consecuencias “reales” (es decir, algo que de verdad te fastidie).

Una vez que has superado esta fase, plantea bloques de tiempo para trabajar. Si de verdad quieres cumplir con tu propósito, no te va a quedar más remedio que echar un vistazo a tus horarios y ver dónde puedes encajar la escritura (aunque eso suponga madrugar más de la cuenta para rascar un rato de tranquilidad sin otros compromisos a la vista). Lo ideal, como ya hemos comentado alguna vez, es que la escritura se convierta en un hábito diario y, a ser posible, que sea a la misma hora ayuda.

No hay forma de escribir un gran proyecto de una sola vez. Solo puedes escribir una palabra tras otra, un párrafo tras otro. Aún así, tu mente sigue pensando en el resultado final y se bloquea. Así que deberías plantearte pensar en capítulos cortos, o en escenas, algo que puedas abarcar en una o dos sesiones, algo que no parezca tan temible pero que te acerque, poco a poco, a lo que quieres alcanzar.

Divide el trabajo en partes más pequeñas, tómate un descanso y empieza otra vez. Siéntate a escribir y hazlo durante diez o quince minutos sin interrupciones. Si te sientes cómodo, continua un poco mas. Levántate, estira, ve a por un vaso de agua y comienza de nuevo el ciclo.

Si te sirve de ayuda, puedes llevar un registro de lo que has escrito (los procesadores como Word cuentan de forma automática el número de palabras del documento, así que es fácil hacer un seguimiento). Podrás ver que, aunque parece que no, estás avanzando sin parar, poco a poco, y eso te está llevando a completar tu proyecto.

Si quieres saber más sobre proyectos de cierta envergadura, puedes leer mis conclusiones sobre el NaNoWriMo aquí, y aquí. ¿Escribir una novela corta de 50 000 palabras? Es posible.

Y tú, ¿Cómo te enfrentas a proyectos grandes de escritura? ¿Te sirve de algo comprometerte en público? Los comentarios están abiertos para ti. 

Fotografía: Dave Bleasdale (Flickr con licencia Creative Commons BY-2.0)